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ESTUDIO DEL ANTIGUO EGIPTO EN CHILE













Por Sofia Sáez
Gentileza: Instituto Uruguayo de Egiptología



SU EVOLUCIÓN DESDE EL IMPERIO ANTIGUO
HASTA EL IMPERIO NUEVO

LA CIUDAD EGIPCIA



De este ámbito han quedado pocas muestras arqueológicas, y quizá, por este motivo su desconocimiento por la población actual es mayor.

URBANISMO.
Los restos arqueológicos hallados de esta arquitectura residencial son muy escasos debido a que en las construcciones se utilizaron materiales muy baratos y de baja calidad como el lodo secado al sol (extraído de las orillas del Nilo). A diferencia de las construcciones funerarias, estas viviendas no eran concebidas como moradas eternas, y por lo tanto, no eran necesarios materiales resistentes; además, dichas construcciones no eran de uso permanente ya que sólo se utilizaban para albergar a la comunidad de obreros que trabajaban en las construcciones funerarias cercanas; cuando éstas finalizaban, la ciudad se abandonaba.

Ya en los inicios dinásticos se empezaron a crear importantes núcleos urbanos; la mayoría estaban delimitadas por altas murallas de ladrillo, que, tuvieron un papel muy importante en la configuración de la ciudad. Los primeros edificios se adosaban a la muralla, siguiendo los mismos una dirección, y al mismo tiempo se marcaba el trazado de las calles; es decir que, si la muralla se constituía a través de tramos rectos, la organización de la urbe era mucho más regular.

Durante el Imperio Antiguo, se formaron las llamadas "Ciudades de las Pirámides", núcleos urbanos habitados por comunidades que mantenían tanto el culto como el estado físico de un templo o tumba real.


GRANDES COMPLEJOS URBANÍSTICOS. KAHUN, LA CIUDAD PARTIDA.
Fue descubierta por Petrie (egiptólogo moderno) y la denominó Kahum (deformación del verdadero topónimo Lahun). Su antiguo nombre fue Hetep - Senwosre. Probablemente la vida activa de esta ciudad finalizó antes de la XVIII dinastía.

El conjunto presenta una planta general en forma de rectángulo de grandes dimensiones con un muro continuo que discurre en dirección norte - sur, delimitando dos sectores diferenciados muy notoriamente: el barrio occidental y el oriental


EL BARRIO OCCIDENTAL
A este barrio se accedía por su frente meridional (sur), por una puerta que desembocaba directamente en una calle de alineación irregular, paralela al muro de separación de los dos barrios, y que lo recorría en toda su longitud hasta llegar al muro septentrional (norte). En esta vía principal la desembocaban numerosas calles transversales.


LA VIVIENDA.
Las casas de este sector estaban todas en un mismo plano, ocupando cada una entre tres y diez estancias, y una superficie raramente superior a los 100 metros cuadrados. Las casas eran de una planta sola, y disponían de una cubierta plana constituida por vigas de madera que sostenían un entramado de cañas y paja.


EL BARRIO ORIENTAL
Este otro sector se organizaba de forma muy diferente al contrapuesto. Se accedía por una puerta del muro lateral de levante (este) que daba acceso a la vía principal que, en este caso, discurría en dirección este - oeste, culminando en el muro de separación entre los dos barrios. Entre esta calle y el muro norte se situaban seis grandes viviendas; y en el lateral contrapuesto también se disponían otras grandes unidades residenciales y, tras ellas, se encontraban viviendas similares al barrio occidental que se situaban sobre unas calles secundarias, aunque sin el rigor geométrico del anterior. En la confluencia de esta vía principal y el muro de división se situaba lo que Petrie llamó acrópolis de la ciudad.


LA VIVIENDA.
Todas las residencias reproducían un esquema similar, con una planta rectangular que ocupaba casi trescientos metros cuadrados, y un total de setenta estancias entre corredores y habitaciones. Junto a la entrada, desde la vía principal, se encontraba la portería y los espacios de recepción, luego, se disponían los ámbitos de servicio y los establos, y, en el sector más profundo, se encontraban las dependencias privadas, organizadas en torno a un gran patio abierto porticado en el lateral meridional (sur).


TELL EL AMARNA, LA CIUDAD DE ATÓN.
Fue capital durante el reinado de Akhenatón (conocido también como Amenhotep IV o Amenofis IV), gobernó en el Imperio Nuevo (XVIII dinastía, 1351 - 1334). La ciudad constituye un verdaadero universo en miniatura. En sus orígenes el faraón la llamó Akhetatón (Horizonte de Atón). Fue habitada durante un tiempo limitado y después abandonada al morir Akhenatón, su fundador. Esta ciudad fue creada por y para el rey.


LA GRAN REVOLUCIÓN ATONIANA.
Amenhotep IV (Akhenatón) fue el segundo hijo de Amenhotep III y la reina Teye. A la muerte de su hermano Tutmosis, asumió como faraón. Transcurridos tres años de su reinado, el joven faraón introdujo cambios sustanciales en la ritualidad amoniana, acentuando el culto al sol, pero no como figura mitológica (el tradicional Ra), sino como verdadera estrella, denominado Atón y asumiendo en persona su condición de sumo profeta.

Para la nueva representación de la deidad solar, Akhenatón levantó una ciudad llamada Akhetatón (por el dios Atón). Tras la muerte del soberano herético y sus sucesores, su recuerdo y el de su ciudad fueron olvidados y eliminados para regresar a su antigua religión (la tradición del dios Ra).


LA CIUDAD.
La antigua ciudad de Akhetatón, más conocida actualmente como Tell el Amarna, fue construida en un terreno llano y desértico que se extendía en la margen oriental del Nilo, adaptada a la forma que traza en este punto el río. En las primeras exploraciones arqueológicas se encontraron restos del palacio real, del templo mayor, y de importantes residencias particulares, entre ellas las del general Ramose o la del visir Nakht. A pesar del alto nivel de destrucción de esta antigua ciudad se pudo reconocer el carácter homogéneo del urbanismo de la ciudad, y que fue abandonada tras un período activo de apenas una generación.

EL TEMPLO DE ATÓN.
Este templo es una de las edificaciones más interesantes que se encuentra en la ciudad.

En un recinto rectangular de casi ochocientos metros de longitud y trescientos metros de ancho, delimitado por un elevado muro perimetral se disponían dos templos diferenciados. Tras el pilón se levantaba una sala hipóstila con dieciséis columnas que daba paso a seis patios descubiertos, separados por sucesivos pilones intermedios, en una secuencia que concluía en un segundo templo, dispuesto en la pared este del recinto general.


CASAS Y PALACIOS.
Pueden diferenciarse tres tipos de viviendas: las pequeñas casas, las grandes villas, y los palacios.

La población normal de Deir el Medina poseía casas de cuarenta a setenta metros cuadrados divididas, cada una, en tres partes: una zona de entrada, la habitación principal y, en la parte trasera, estaba la cocina y despensa donde también se encontraba la escalera para subir al segundo nivel.

Las grandes villas, propiedad de altos funcionarios, ocupaban un extenso terreno (trescientos cuarenta metros cuadrados) incluyendo la vivienda e instalaciones secundarias. El vestíbulo daba entrada a la sala de recepción, seguida de la habitación principal y, por último, la sala dormitorio de los familiares.

En el caso de los palacios, se destaca el de Ramsés III, en Tebas. El palacio se localiza en el lado sur del primer patio del templo. En la parte delantera se ubica una antesala seguida por una "sala de audiencias". Mediante una entrada lateral se accedía a la segunda sala del trono, flanqueada por un dormitorio y una instalación sanitaria. Junto a la parte trasera del palacio, se encuentran tres viviendas tripartitas para los sirvientes. La función principal de este tipo de palacios era generar un espacio donde el monarca pudiese premiar a determinados funcionarios. Esto explica la importancia de la "ventana de las apariciones", situada en el centro de la fachada principal. En ella hacía aparición el faraón ante su pueblo (acontecimiento que muy rara vez sucede). Además, era el lugar de entrega del llamado "oro del honor", destinado a los funcionarios meritorios de él (sacerdotes y altos cargos próximos al monarca).


HIPOGEOS.
La situación política de ese momento era bastante difícil; los monarcas mantenían una cierta independencia respecto al poder del rey lo que hizo que muchos de ellos se convirtieran en "pequeños faraones" en diversos ámbitos, hasta en el de la arquitectura. Por eso, se hicieron construir hipogeos o bóvedas subterráneas para los cadáveres. Éstos se concebían como las mastabas del Imperio Antiguo, pero eran excavados en la roca y contaban de tres partes:

- Dos habitaciones abiertas al público en donde se depositaban las ofrendas.

- Pozo excavado o corredor.

- Cámara funeraria en la que se colocaba al difunto y que se cerraba herméticamente para siempre.

Los primeros hipogeos datan de la época de Micerino (Imperio Antiguo); pero su gran momento se produjo en el Imperio Medio, en el que destacan dos centros de hipogeos civiles: Beni Hassan y Asuán, continuándose su construcción durante el Imperio Nuevo. Uno de los más importantes es el hipogeo de Sarenput II, en Qubbet el Hawa. En él destaca el recurso arquitectónico de ir disminuyendo la altura del techo, en contra del aumento del suelo, a medida que se acerca el núcleo; de esta manera se subraya su importancia.



BIBLIOGRAFÍA.



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