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ESTUDIO DEL ANTIGUO EGIPTO EN CHILE













Fundamentación y objetivos


No pocas obras referentes al Egipto Antiguo dedican sus mayores esfuerzos a la descripción de creencias religiosas vinculadas al culto de los muertos, a la arquitectura funeraria, las técnicas de momificación o la literatura relacionada con el Más Allá y el Juicio de las Almas. Ésto genera la impresión de que nos encontramos ante una sociedad especialmente preocupada por la vida de ultratumba. La Arqueología en Egipto adoptó desde sus inicios la perspectiva de la búsqueda de objetos, mientras que los testimonios de la vida de los antiguos egipcios, por diversas circunstancias, han permanecido poco accesibles.



Los materiales acumulados en los museos le han reportado un cariz netamente funerario a la civilización egipcia, ocultando su profunda vitalidad terrena (DONADONI et.al, 1991). Juan José Castillos (1989) explica que existen dos factores o razones que han producido esta imagen distorsionada que se tiene de los egipcios, obsesionados por la muerte: en primer lugar, la conservación a través del tiempo es siempre importante en la medida en que favorece ...

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únicamente a ciertos materiales, sesgando nuestra visión del pasado; se conservaron con muy pocas excepciones únicamente los restos construidos con materiales imperecederos, como las enormes pirámides de piedra o los templos del Alto Egipto. Las creencias religiosas empujaron a los antiguos egipcios a construir tumbas con el objetivo de que durasen por toda la eternidad, a la vez que desarrollaron desde los primeros tiempos las técnicas de momificación, perfeccionadas a lo largo de milenios de historia hasta alcanzar su punto más elevado durante el Imperio Nuevo, en segundo lugar, la falta de comunicación entre el público y los especialistas coadyuvó alimentando viejos prejuicios e impidiendo el conocimiento de nuevos descubrimientos y perspectivas. Es básicamente entonces, y en resumidas cuentas, una cuestión de: conservación de ciertos rasgos en detrimento de otros, prácticas funerarias fundamentadas por creencias religiosas -religiosidad que impregnaba cada aspecto de la existencia egipcia- y un problema de desconocimiento de nuevos datos. En el presente trabajo pretendemos evidenciar la cotidianeidad de lo funerario (hechos del Más Acá ) sin olvidar los fundamentos religiosos básicos en que se apoyaban los cultos y prácticas funerarias en el Antiguo Egipto (creencias en el Más Allá). Básicamente hemos elegido para lograr este objetivo cuatro vías explicativas, de manera que podamos acceder a una visión integral del tema: la estructura y evolución de los hipogeos reales así como de las tumbas de los funcionarios y particulares, con especial atención a los motivos decorativos contenidos en las pinturas de estas últimas por contraste con las primeras. - cómo se organizaba el conjunto de trabajadores residentes en Deir El Medina, sus condiciones de vida y la evolución de su situación en el marco institucional. Ê- el destino que corrió la necrópolis a manos de los profanadores, poniendo en evidencia la falibilidad de las tumbas rupestres y del propio poderío de la realeza sobre los funcionarios del Estado, especialmente en algunos períodos de la historia egipcia. - valorar la nueva información procedente del análisis de la momias reales, como vía de acceso al conocimiento de las enfermedades que afectaban al hombre egipcio y, asimismo, como forma de mostrar una imagen del faraón distinta de la que los cánones artístico-religiosos del Antiguo Egipto se encargaron de transmitir.

Introducción : el lugar


Hacia 1570 aproximadamente (no hay acuerdo completo en la fecha exacta) se concreta la derrota y expulsión de los invasores hycsos que habían dominado Egipto durante casi 100 años (dinastías XV y XVI). Los príncipes tebanos que organizaron la resistencia inaugurarían entonces una época conocida como Imperio Nuevo fundando la dinastía XVIII con Ahmosis I ( a la cabeza del gobierno y centrando geográficamente el poder en la ciudad de Tebas (SCHWARZ, 1990). Biban el Muluk -expresión árabe para el Valle de los Reyes- fue la zona elegida por los faraones de la XVIII dinastía para necrópolis real.

Excavada en las laderas rocosas de un wadi, la necrópolis se hallaba «bajo la impresionante punta de una pirámide natural» (ALDRED, 1993:146), sobre la márgen izquierda del Nilo frente a la ciudad de Tebas. Las tumbas se construyeron por vez primera separadas de sus respectivos templos funerarios, que estaban emplazados aproximadamente a un kilómetro y medio de distancia muy cerca del límite del área cultivable. El paisaje es realmente sobrecogedor, con montañas cruzadas por profundas gargantas y desfiladeros de hasta 300 metros de profundidad. MELLERSH (1959:74-75) recoge la impresión de Pococke, visitó el lugar en 1738. De acuerdo con nuestro autor, éste viajero escribió lo siguiente:

«We then turned to the north west, enter’d in between the high rocky hills, and went in a very narrow valley. We after turn’d towards the south, and then to the north west, going in all between the mountains about a mile or a mile and a half... We came to a part that is wider, being a round opening like an amphitheatre and ascended by a narrow step passage about ten feet high, wich seems to have been broken down thro’ the rock, the ancient passage being probably from the Memnonium under the hills.»

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Según parece fue Tutmosis I ( 1525-1512 a. de C.)( quien mandó construir allí la primer tumba, delegando la realización del proyecto a su arquitecto Ineni (MELLERSH, 1959; SCHWARZ, 1990; MANZANARES, 1993).

Luego de Tutmosis I, cerca de 60 faraones imitaron esta práctica quedando la colina convertida en una ciudad de los muertos (ASIMOV, 1985). Asimismo serían enterradas, en el curso de las dinastías XVIII, XIX Y XX, varias reinas, Grandes Sacerdotes, altos dignatarios de la corte y funcionarios importantes del reino. Sin embargo, las reinas fueron depositadas casi sin excepción en una localidad próxima, especialmente destinada a ese fin. Ésta es una gran diferencia respecto de las prácticas funerarias de las otras clases sociales de la época, pues éstas tenían por norma que sus tumbas sirviesen de sepulcro a la pareja y, normalmente, durante el Imperio Nuevo, uno de los objetos colocados en las mismas era una escultura u otra representación de los difuntos abrazados.

Al igual que otras importantes zonas de enterramiento, como las pirámides de Gizeh o de Abusir, la necrópolis tebana se situaba al oeste del valle del Nilo. Como comportamiento recurrente se apoyaba en la creencia de que el Reino de los Muertos se encontraba en dicha dirección. La dinastía XVIII introdujo una modalidad funeraria vinculada con el posicionamiento del cadáver. El mismo era depositado siguiendo normativamente la orientación este-oeste. La cabeza se ubicaba al oeste (simbolizando la entrada al Reino de los Muertos) de tal forma que los ojos mirasen la salida del sol (LURKER, 1991). Creada la necrópolis con el fin de evitar las frecuentes profanaciones de que eran objeto las tumbas desde tiempos antiguos, esta modalidad de enterramiento duraría apenas unos cinco siglos, bastante menos que la arquitectura piramidal adoptada por la realeza durante gran parte del Imperio Antiguo y el Imperio Medio.

Los faraones habían sabido aportar la infraestructura material y logística para las obras en el Valle de los Reyes, por lo que próximo a éste (desde los tiempos de Tutmosis I) se diagramó una especie de ciudad dormitorio que albergaba a los trabajadores y artesanos dedicados a excavar y decorar los hipogeos reales. También existió la preocupación de generar el suficiente bienestar y la estabilidad legal necesaria a estos trabajadores de tal forma que se protegiera e incentivara su labor, estimada de suma importancia de acuerdo a los requerimientos funerarios impuestos por los cánones religiosos de la época. Por ello, los faraones ramésidas (dinastía XIX y XX) contaron con un cuerpo de obreros exclusivamente abocados a todos los pormenores relacionados con los sepulcros de la clase dirigente. La institución recibía el nombre de Tumba Real y sus miembros y familiares gozaron siempre de privilegios especiales (DONADONI et.al, 1991). Como veremos, la suerte que corrió esta necrópolis no fue muy diferente a la de los más antiguos enterramientos. Poco antes del inicio de la XXI dinastía, todos los hipogeos reales y muchas tumbas de Grandes Sacerdotes fueron vaciadas completamente por los profanadores (CIMMINO, 1991). Separado por una colina de la necrópolis mayor (Valle Oriental) se ubica el menos conocido Valle Occidental de los Reyes. Éste ha recibido mucha menos atención por parte de los especialistas, lo que probablemente explica los escasos hallazgos realizados hasta el momento, pudiéndose citar básicamente dos: la tumba del faraón Amenofis III (1417-1379 a. de C.) y la de Ay (1352-1348 a. de C.), ambos gobernantes de la dinastía XVIII (CASARIEGO, s/f; MANZANARES, 1993).

Al sur del Valle de los Reyes, también en la orilla occidental del Nilo, se halla Biban el Harim o Valle de las Reinas. Aquí recibieron sepultura las reinas de las dinastías XVIII, XIX y XX, al tiempo que también fueron enterrados, en especial durante las dinastías ramésidas, otros integrantes de la familia real.

Estructura de las tumbas y evolución de la arquitectura funeraria


Durante el Imperio Nuevo (1570-1085), los reyes tebanos no ordenaron construir ninguna nueva pirámide. Los faraones se volcaron a una empresa constructiva diferente, expresada fundamentalmente en la erección de pilares gigantescos, estatuas colosales y enormes templos, como los de las actuales localidades de Karnak y Luxor (ASIMOV, 1985). Como contrapartida, la arquitectura funeraria adoptó el hipogeo o tumba subterránea.

El espacio elegido estaba menos expuesto al pillaje que las propias pirámides. Más aún, previniendo el ingreso de indeseables, se dotó a estas «moradas de la eternidad» de una estructura complicada (CASTILLOS, 1972).

«A la tumba se llegaba por un corredor tortuoso, siringe en griego, que es también otro nombre dado a este tipo de fosas; penetraba en la roca, formando recodos, pendientes y escaleras, ensanchándose en cámaras más o menos vastas, a veces sostenidas por columnas, hasta llegar a la habitación sepulcral « (AYMARD y AUBOYER, 1981:186-187).

La expresión siringe fue impuesta por los visitantes del Mediterráneo a quienes el panteón real les recordaba la silueta de una flauta (DESROCHES NOBLECOURT,1985)

Otros autores describen de forma similar la estructura de las tumbas (por ejemplo SCHWARZ, 1990). Los sinuosos pasillos de las tumbas se explican por la creencia de que éstas eran imágenes de lugares míticos y reproducían sus tortuosos caminos (LURKER, 1991). Los mismos se hallaban decorados con pinturas murales que contenían fundamentalmente pasajes del Libro de los Muertos (MANZANARES, 1993; NACK, 1966; WALTERS, 1984; CASTILLOS, 1989).



>> Ceremonia de la apertura de la boca / Papiro de Nebqued, XIX Dinastía (Louvre)

Las escenas representadas en las tumbas reales son de una categoría diferente que las de las tumbas de funcionarios, en lo que respecta a la temática desarrollada (WALTERS, 1984). No hay representaciones de la vida cotidiana del mundo de los vivos sino un impresionante desfile de dioses, mitos y ritos funerarios, siendo particularmente frecuente el tema de la “apertura de la boca”. ..

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Considerado el faraón hijo de Amón-Ra, no requería de los elementos terrenales para la vida del Más Allá. De ahí que no abunden escenas de caza, pesca, cosecha y otras faenas, como encontramos en varios sepulcros de altos funcionarios (NACK, 1966). Entre los más representativos ejemplos de esto último podemos mencionar la tumba de Menna (1420 a. de C.), quien sirvió durante el reinado de Tutmosis IV. La misma, situada en Sheij Abd-el Gurna (Tebas occidental), está decorada con escenas murales dedicadas a las actividades agrícolas (MANZANARES, 1993). En la misma tumba, una escena diferente reproduce al dueño y a su familia pescando y cazando aves en los pantanos (ALDRED, 1993). Otra tumba, perteneciente al último visir de Tutmosis III, Rekhmiré, revive diversos oficios de la época haciendo incapié en las actividades dirigidas por el prestigioso funcionario. Esta obra sería el máximo exponente del arte de la necrópolis tebana (ALDRED, 1993). De un estilo similar, el Valle de los Reyes guarda muchos ejemplos realmente excelentes, a la manera de una compilación etnográfica de la vida en el Antiguo Egipto. En HALL (1977) vemos también dos buenos ejemplos en las pinturas de la tumba de Sennefer o Sennufer (alcalde de la ciudad de Tebas y supervisor de los jardines de Amón durante el reinado de Amenofis II) donde se representan escenas domésticas de la pareja, y la tumba de Ramose (alto funcionario durante los reinados de Amenofis III y Amenofis IV) que es un exponente de la transición entre el estilo convencional y Amarna. Por contrapartida, el mejor ejemplo de las tumbas reales lo ofrece quizá la de Seti I, la mejor conservada del Valle. WILKINSON (1995) reproduce gran cantidad de escenas procedentes de la misma, predominando ampliamente las relacionadas con el Inframundo. La portada de este trabajo reproduce parte de un bajorrelieve que pertenece al hipogeo de este monarca.

Las tumbas de la segunda mitad de la dinastía XVIII (con posterioridad a Tutmosis III), con su rico colorido y sus composiciones algo más libres, parecen indicar que los artistas estaban sometidos a influencias procedentes del exterior, lo cual deriva lógicamente de la situación creada por las políticas imperialistas de los primeros faraones de la dinastía, mismas que permitieron a los egipcios conocer otros pueblos y culturas. Así, por ejemplo, aparecen temas nuevos, como la presentación de ofrendas al faraón por extraños embajadores asiáticos o egeos, lo que puede observarse en particular en una pintura mural de la tumba de Menkheperresub - Tebas occidental (1430 a. de C.). En un contexto similar se inspiraron los artistas que tallaron el relieve en piedra caliza de la tumba de Kheruef (alto funcionario de Amenofis III), en el que se ve a princesas extranjeras escanciando libaciones en el tercer jubileo de este faraón, hacia 1347 a. de C. (ALDRED, 1993).

Debemos tener cuidado, sin embargo, con las interpretaciones demasiado literales puesto que si bien muchas obras artísticas fueron hechas para ser apreciadas y disfrutar de ellas, la función del arte egipcio estuvo íntimamente ligada con las creencias religiosas (WILKINSON, 1995).

Estructuralmente las tumbas siguen por lo general un patrón básico, mencionado brevemente en el inicio de este apartado (ver arriba). El mismo evolucionó a lo largo de cinco siglos a través de modificaciones tendientes a satisfacer los requerimientos de cada monarca.

Estos cambios ocurrían casi con cada gobierno y afectaban por igual la planta y la decoración de la tumba. Los recintos más antiguos eran modestos, con cámaras pequeñas, pero fueron creciendo en tamaño y riqueza de acuerdo a las pretensiones y posibilidades de cada rey. El máximo esplendor lo expresan los , que «alcanzan más de 100 metros de profundidad en la piedra caliza y están completamente decorados con relieves pintados...Paralelamente, los sarcófagos reales también muestran una tendencia a formas cada vez mayores y a una decoración más rica» (DONADONI et.al, 1991:67).

El período amarniano ( 1379-1348 a. de C.) introdujo una cierta inflexión en esta línea evolutiva pues, estructuralmente, la planta inicial de las tumbas es enderezada de forma recta en su recorrido dentro de la roca, cual un rayo de sol (DESROCHES NOBLECOURT, 1985). Amenofis IV (Akhenaton) fue el ideólogo de una reforma religiosa y de una reformulación de los viejos cultos. Los autores no están de acuerdo sobre si ello supuso o no una verdadera revolución (CASTILLOS, 1989), pero lo cierto es que el periodo inauguró una escuela artístico-arquitectónica que aportó mayor realismo a las representaciones humanas empezando por el propio faraón y su familia. En lo arquitectónico, el culto al dios Sol Atón se reflejó, por lo pronto, en la modificación de la planta de los hipogeos reales. Posteriormente, Ramsés IV (1166-1160 a. de. C.) promovió un nuevo plan que influiría en sus sucesores, acortando el recinto y simplificándolo en conjunto, pero ampliando las medidas generales. Durante un reinado de tan sólo 6 años Ramsés IV pudo finalizar su tumba. Para la época, de la cual se disponen documentos que describen la corrupción reinante, éste es un hecho asombroso (DONADONI et.al, 1991).

De aquí en más, la monarquía entra en franca decadencia sucediéndose una serie de reinados -últimos ramésidas- en los que la institución faraónica no volvería a alcanzar su fuerza anterior.

Durante los períodos tanita y saíta, cuando los faraones habían optado ya por otra modalidad funeraria (contentándose con monumentos al interior de los templos de sus ciudades residenciales), los particulares continuaban abriendo siringas en el Alto Egipto, en los acantilados occidentales de las regiones de Abydos y Tebas. De esta forma imitaban con retraso y según su propia fortuna las costumbres reales (AYMARD y AUBOYER, 1981).

La tumba debía ser excavada o construida mucho antes de la muerte de su dueño, variando el tiempo necesario para realizar el proyecto de acuerdo a lo ambicioso del mismo. No pocas veces se producía la muerte sin haber dado fin a las obras, en cuyo caso el difunto debía ser enterrado en una tumba sin terminar. La edad de la persona, la clase a la que pertenecía y las circunstancias político-económicas de la época determinaban en el común de los casos el estilo y la escala de la tumba (WALTERS, 1984). En el caso de la famosa tumba de Tutankhamón, un individuo fallecido muy jóven que en vida había sido un monarca insignificante para la historia de Egipto, fue enterrado con el fausto de un gran rey en una tumba improvisada. Repletando las salas con innumerables objetos, los sacerdotes de Amón quizá buscaron sellar al cerrar la tumba todo lo que tenía alguna relación con el culto del “faraón herético”, Akhenaton.

Las tumbas, al igual que los templos funerarios, contaban con un nicho para las ofrendas cuya parte trasera tenía la forma de una falsa puerta para permitir la comunicación del ka del difunto con el mundo de los vivos. Durante el Imperio Nuevo, estas falsas puertas no formaban un hueco sino que eran pintadas, al igual que la imagen del difunto ante la mesa de ofrendas, escena que se representaba en la pared encima de la puerta (LURKER, 1991).

«Las puertas eran umbrales simbólicos o también barreras, podían significar tanto transición como protección [...]. En la tumba excavada en la roca del príncipe ramésida Montuherjepechef, por ejemplo,... se imitaron las figuras de dos cobras venenosas para reforzar la naturaleza protectora de las puertas pintadas y disuadir a los que intentaban traspasarlas y violar la tumba» (WILKINSON, 1995:149).

El sarcófago, en tanto elemento escultórico de piedra (tallado en diversas materias primas como granito, cuarcita, etc.) se reservaba sólo a la familia real y los altos miembros de la nobleza. Para el común de la población, en cambio, lo frecuente eran los ataúdes de madera o, en el peor de los casos, un simple pozo en la arena del desierto sin nigún tipo de superestructura protectora era todo a lo que se podía aspirar. Los ataúdes antropomorfos, con tapas en forma de figura momificada y decorados profusamente, se generalizaron recién con el Imperio Nuevo (WALTERS, 1984). Esta práctica prevaleció por la equiparación del difunto con Osiris, mientras que en el interior de la tapa del ataúd se encontraba frecuentemente la imagen de Nut, diosa del cielo (LURKER, 1991). Un buen ejemplo de sarcófago antropomorfo es el del rey Merneptah (1236-1223 a. de C.), sucesor de Ramsés II. Por otro lado, la forma de cartucho chenu que adopta el sarcófago desde la dinastía XVIII, puede estar relacionada con la protección del nombre del faraón y por ende de este mismo. Más aún, la propia tumba de Tutmosis III en el Valle de los Reyes, así como su sarcófago, se construyeron en forma de cartucho (WILKINSON, 1995).

La preocupación por el cuidado del cuerpo del difunto se reflejaba en la especial atención que recibía la cabeza de la momia. La cabeza para los egipcios significaba la totalidad del ser, por lo que debía ser objeto de una atención especial. De ahí que durante el Imperio Nuevo se originara la práctica de colocar una máscara sobre el rostro, protegiendo de tal forma el aspecto del fallecido (WILKINSON, 1995). El ejemplo mejor conocido por el público es la máscara de oro de Tutankhamón, encontrada in situ por Howard Carter en 1922.

Deir el Medina. La cotidianeidad en el Valle de los Reyes.


Pocos ejemplos citan los especialistas al tratar el tema del urbanismo en el Antiguo Egipto, siendo tres los más frecuentes: Deir el Medina, El Lahun y Akhetaton -El Horizonte de Aton- la actual Tell -el Amarna, mandada construir por Akhenaton como nueva capital del Imperio. Nada queda prácticamente de las otrora magníficas capitales, como Tebas, o las populosas ciudades del Bajo Egipto que, arrasadas por sucesivas destrucciones y reconstrucciones, yacen hoy bajo construcciones modernas en su mayoría. Son los pequeños núcleos, creados para objetivos específicos y abandonados al perder su razón de ser, los que han brindado alguna información acerca de la vida en las ciudades, la geografía urbana y la arquitectura doméstica. Forman parte de los hallazgos arqueológicos más recientes y en algunos casos las investigaciones están en curso.

Su estudio debe sortear, no obstante, un serio inconveniente. Los poblados como Deir el Medina (durante el Imperio Nuevo) y El Lahun ( activo en el reinado de Sesostris II, faraón del Imperio Medio), fueron construidos para objetivos muy específicos -albergar a los trabajadores de las necrópolis reales- y «no podemos asumir que constituyan un modelo típico de planificación urbana» (WALTERS, 1984:73). Ambos eran núcleos amurallados. El Lahun, como también Akheentaton, presentan una notable regularidad en sus plantas. Probablemente, debido a la inexistencia de reformulaciones al interior de las casas, ninguno de los dos poblados debe haber sido ocupado por un lapso demasiado prolongado. En Deir el Medina, las casas eran contiguas y enfrentadas unas a otras. Las excavaciones en este antiguo asentamiento, cuya construcción había sido encargada por Tutmosis I, indican que los trabajadores radicados en él disfrutaron de una próspera situación para la época de Ramsés II (1304-1237 a. de C.), reflejo de la estabilidad internacional creada a partir de la paz con el imperio hitita, la gran potencia asiática que surgía en ese momento (MANZANARES, 1992). Pero, quizás más que ningún otro funcionario o profesional del imperio, los trabajadores del poblado de la necrópolis verían su condición expuesta a la merced de los períodos de inestabilidad política que afectaban a la monarquía durante los cuales los recursos destinados a la funebria podían reducirse significativamente.

El sitio sufrió varios cambios mientras duró su ocupación. Después de ser fundado a comienzos de la dinastía XVIII, fue agrandado dos veces, durante los reinados de Tutmosis III y Ramsés II (CIMMINO, 1991). Entre tanto había sido abandonado al trasladar Akhenaton la capital de Tebas a El Amarna y vuelta a reconstruir luego. A lo largo de este proceso varió su tamaño y densidad, fluctuando de 60 a 120 casas de habitación, de acuerdo especialmente con la mayor o menor intensidad de trabajo en las tumbas (CIMMINO, 1991)...

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El poblado, circundado por un muro de ladrillos con una sola entrada, medía casi 132 metros de largo por una anchura variable de entre 47 y 50 metros. Este núcleo central amurallado estaba rodeado por barrios exteriores, cuyas construcciones están hoy en peores condiciones de conservación que las del barrio central. Las paredes de las casas eran de ladrillos y, probablemente, dado el espesor de los muros, no soportaban pisos superiores (CIMMINO, 1991).

La mayoría de las casas respondían a un mismo plano o patrón, siendo sus dimensiones no superiores a los 5 por 6 metros, y se ubicaban en torno a 5 calles estrechas y rectas cuyo eje era una calle principal no rectilínea que atravesaba el poblado. El interior de todas las viviendas era muy similar: había un dormitorio para los dueños de la casa, una sala con techo columnado que contenía un pequeño altar, dos dependencias para tareas domésticas, y una despensa subterránea para conservar los alimentos. Una escalera comunicaba a una especie de terraza, que parece que era lo típico -y lo es todavía hoy- de las casas egipcias. No existen datos precisos acerca del origen y funciones de los trabajadores empleados en la necrópolis, hasta la época de los ramésidas.

Para la época previa a la creación de la institución de la Tumba Real por Horemheb (1348-1320 a. de C.), los datos sobre la vida de esta categoría de artesanos proviene, más que de las propias moradas del poblado -en general mal conservadas-, de las excavaciones realizadas en el vecino cementerio. Su cualificación nos es desconocida pues los humildes sepulcros no contienen inscripciones. La información que disponemos proviene del mobiliario exhumado. El conjunto «recuerda mucho el menaje de los labriegos pobres de la Francia de finales del siglo pasado» (DONADONI et.al, 1991:64).

Sí existen algunos buenos trabajos pictóricos en estas tumbas, que recogen actividades cotidianas, tal como la representación de las faenas de la cosecha de lino en la tumba de Sennedjem (artesano jefe bajo el reinado de Seti I de 1318 a 1304 a. de C.), actividad que se realiza de la misma forma por los campesinos actuales del valle del Nilo (HALL, 1977). El contenido de la tumba, descubierta en 1928, está hoy en el Museo Egipcio de El Cairo (MANZANARES, 1993). Debido a lo imbricado del arte y la religión, las tumbas privadas no carecen tampoco de escenas que ilustren creencias religiosas y el culto a los muertos, siendo la propia tumba de Sennedjem un buen ejemplo al respecto (ver WILKINSON, 1995: 67 y 95).

Con el período ramésida los trabajadores fueron dotados de privilegios especiales. De esta época poseemos información específica en relación al origen preciso y las funciones desempeñadas por cada uno. De aquí en más, hasta fines del Imperio Nuevo, los soberanos dispusieron de una plantilla permanente de especialistas consagrados a la preparación de sus sepulturas en el Valle. Además del ascenso logrado por méritos propios, era muy frecuente en relación a los cargos desempeñados por los trabajadores de la necrópolis, la existencia de verdaderas dinastías de artesanos, pudiéndose encontrar familias enteras que a lo largo de varios reinados se habían desempeñado como maestros de obra (jefes de cuadrilla, escribas, etc.). Esto era posible dado el carácter permanente de la obras en el Valle durante aproximadamente 500 años.

>> Aldea de trabajadores / Deir el Medina

Los servicios prestados por los trabajadores fueron remunerados siempre en especies, no manejándose en el Antiguo Egipto ningún tipo de moneda hasta la época de los Ptolomeos (332 a. de C. en adelante). «... un simple obrero recibe, mensualmente, 150 kgs. de trigo y 56 de cebada, es decir 5 kg. de trigo y 1,9 de cebada al día, lo que le permite cubrir holgadamente las necesidades de su familia en cuanto a pan y cerveza; además, un cuerpo de ayudantes le suministraba regularmente agua, pescado, verdura, fruta, cacharros y combustible para su hogar; por último, los templos funerarios de la margen izquierda de Tebas o bien el Tesoro proveen ocasionalmente algunos productos más raros, como algunos panes, tortas, carnes, miel, aceites, etc» (DONADONI et.al, 1991:66).

Los hombres eran reclutados de varios poblados y localidades del territorio egipcio, donde ya desempeñaban alguna función al servicio por ejemplo de los templos reales. Sabemos que varios de ellos llegaron a tener varios servidores e incluso tierras y animales, además de propiedades fuera de la población obrera. Los «hombres de la tumba», en virtud de su propio trabajo, se relacionan con los más grandes del reino, especialmente a través del visir, responsable de los trabajos de la tumba real. Incluso no falta a veces el trato directo con el faraón. Todo parece indicar que estos hombres gozaron de una vida mejor y de mayor prestigio que sus semejantes (DONADONI et.al, 1991). Así, un obrero pintor de Deir el Medina llegó a convertirse en portaestandarte de la corte (MANZANARES, 1992).

Dado este grado de bienestar y privilegios no es de extrañar «que las tumbas de los obreros y los artesanos se convirtieran bajo Ramsés II en un conjunto de obras no excentas de cierta monumentalidad. Por regla general, consistían en capillas pequeñas a las que daba cima una pirámide, de no muy considerables dimensiones, esculpida y a la que se llegaba subiendo unos escalones» (MANZANARES, 1992:128-123).

Este tipo de sepulcro (arquitectónicamente conocido como hemi-espeos) era propio también de los nobles del Imperio Nuevo, quienes mandaron construir sus mastabas con pequeñas pirámides en la parte superior, siendo partícipes con ello de los beneficios religioso-simbólicos hasta ahora reservados a la realeza (CASTILLOS, 1972; DESROCHES NOBLECOURT,1985).

El saqueo de la necrópolis real


El curso de la historia indicaría que la solución de las tumbas rupestres no bastaría para evitar el saqueo generalizado que siguió incluso en vida de los faraones que habían promovido esta modalidad de enterramientos.

El intento para evitar el pillaje había sido bien planeado, atendiendo todos los detalles posibles desde la elección de un paraje inhóspito y seco, la construcción de recintos con entradas falsas y múltiples, puertas tapiadas, la presencia de varios pasillos que dan la impresión de un tortuoso laberinto ubicando la cámara del sepulcro al final tras una puerta disimulada y, por último, el hecho mismo de que la tumba quedaba desde ese momento separada del respectivo templo funerario (mismo que se encontraba sobre el límite de la zona de cultivo en la orilla occidental del Nilo), un indicativo innecesario del lugar del enterramiento. Es muy probable además, que un cuerpo de vigilancia fuese especialmente destinado por las autoridades tebanas para proteger los accesos a la necrópolis. Hay papiros -y en especial uno escrito durante la dinastía XX- que confirman el hecho. Sin embargo, la parafernalia de objetos especialmente elaborados para acompañar al difunto, generaba un tesoro por demás llamativo para cualquier individuo e incluso funcionarios de gobierno que no dudaban en traicionar la confianza de su mecenas. El comercio clandestino de los objetos provenientes del saqueo se convertiría en una fuente de ingresos considerable que, como se descubrió a fines del siglo pasado, debe haber seguido prácticamente ininterrumpida a lo largo de los siglos.

El inventario de los objetos recuperados de una tumba intacta y perfectamente conservada, perteneciente al arquitecto Ja y su mujer Merit (que vivieron en plena dinastía XVIII en Tebas) es una larga lista que incluye el ajuar del funcionario, el de su esposa, regalos de los amigos, dones reales, los sarcófagos y numerosos elementos funerarios incluido un Libro de los Muertos miniado. Tratándose del sepulcro de una pareja de difuntos que no perteneció a la clase más encumbrada de la sociedad egipcia, las proyecciones que se podrían hacer suponiendo se tratase de una tumba de la realeza, justificarían las apreciaciones que hicimos anteriormente. Puede encontrarse una relación detallada del ajuar de esta tumba en DONADONI et. al, 1991: 70, 292-293. ..

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No se conoce el momento exacto en que comenzaron los saqueos, aunque es probable que siempre ocurriesen. Un papiro del Museo Egipcio de Turín relata un caso de huelga de trabajadores por no pago de salarios. El lugar de los disturbios fue Deir el Medina y ocurrió hacia fines del reinado de Ramsés III (1198-1166 a.de C.). Justo en este período de descontento parece que se iniciaron los sacrilegios, constatándose las primeras profanaciones en tumbas de la necrópolis (CIMMINO, 1991).

Para el año 1000 a. de C., todas las tumbas rupestres conocidas de la época habían sido saqueadas, algunas de ellas apenas unas décadas después de la inhumación (ASIMOV, 1985). Una excepción fue el caso de la tumba de Tutankhamón, monarca de escasa importancia para la historia de Egipto que, por un hecho de la casualidad, se convertiría en el faraón más conocido por la opinión pública del siglo XX. La tumba, hallada por Howard Carter en 1922, volvió nuevamente la atención hacia el antiguo valle, donde ya otras expediciones arqueológicas habían desistido considerándolo agotado. De 1903 a 1908 un arqueólogo americano -Theodore Davis- había investigado la región, abandonándola finalmente tras escasos resultados. La misma impresión respecto de la baja rentabilidad del Valle de los Reyes la tuvieron los primeros viajeros y coleccionistas como Pococke en 1738 y Belzoni a principios del siglo XIX (MELLERSH, 1959). De esta época hasta la segunda década del siglo XX, en que Carter descubre la entrada de la tumba de Tutankhamón, los únicos hallazgos de relevancia en el Valle fueron llevados a cabo por el arqueólogo francés Loret, quien trabajó especialmente en la tumba de Amenofis II y de Tutmosis III. Saqueada la tumba de Tutankhamón al menos una vez, ya en la antigĂŒedad, los delincuentes fueron descubiertos in fraganti y, siendo detenidos, se los obligó a la devolución del botín. Doscientos años después, al construirse la tumba de otro faraón (Ramsés VI) sus escombros cubrieron la entrada de la tumba de Tutankhamón.( Un buen detalle de los trabajos de Carter y su equipo puede consultarse en NACK (1966) y MELLERSH (1959).

La entrada al hipogeo real era marcada con un sello en forma de gran cartucho, el cual se componía de tres elementos básicos: un pequeño cartucho con el nombre de trono del monarca, la imagen de un chacal representando a Anubis (dios de la necrópolis) y una serie de nueve prisioneros atados por la espalda que simbolizan los enemigos de Egipto, las fuerzas del mal (WILKINSON, 1995). Esta marca es un distintivo que ha permitido a los especialistas inferir la profanación y posterior reutilización de una tumba real. Únicamente las tumbas de los sacerdotes de la necrópolis real presentan el mismo motivo de los cautivos.

Debido al saqueo de las tumbas, los soberanos muertos hubieron de cambiar de residencia, algunos de ellos varias veces, gracias a la labor de funcionarios y sacerdotes leales. Ramsés II, por ejemplo, fue trasladado en tres oportunidades, terminando su momia apilada en uno de los escondites reales descubiertos a fines del siglo XIX. «Durante el gobierno del rey-sacerdote Herihor, de la XXI dinastía, fue perforado, no lejos del fondo del valle donde se eleva el templo de Hatshepsut [Deir el Bahri], un pozo de 12 metros de profundidad en la roca...con el que comunicaba una galería de 60 metros de longitud y un recinto de 8 metros. A este escondrijo trasladaron los sacerdotes 36 momias de faraones, reinas, príncipes y princesas» (NACK, 1966:191-192).

>> Vista frontal del templo de Hatshepsut

En un espacio reducido fueron estibadas las momias y el lugar permaneció oculto durante 3000 años. En 1875 los saqueadores ubicaron este y lo utilizaron como fuente de ingresos durante algunos años hasta que las momias y demás objetos fueron trasladadas al Museo Egipcio de El Cairo (entre ellas se contaban las de varios grandes monarcas, como Amosis -fundador de la XVIII dinastía-, Amenofis I -el primero en separar su tumba del templo funerario-, Tutmosis III -el Alejandro Magno del Antiguo Egipto-, Seti I -cuya tumba fue descubierta por Belzoni en 1817 y es la más hermosa hallada hasta el momento en el Valle-, Ramsés II — y Ramsés III -último gran faraón guerrero).

Otro escondite ubicado en la tumba de Amenofis II, fue localizado en 1898 por Loret. En él se hallaron las momias de Tutmosis IV y Amenofis III. Las profanaciones recrudecieron hacia el decimocuarto año del reinado de Ramsés IX (1140-1121 a. de C.), sin la intervención en su contra del cuerpo especial de vigilancia. El papiro n°10.054 R°III,7-9 (British Museum) describe la historia del proceso que siguió al asunto durante Ramsés IX y es prueba de hasta qué punto había caído el nivel de los funcionarios. Las bandas estaban integradas incluso por escribas, funcionarios y miembros del clero de la necrópolis real.

«Hacia el año 1115 a. de C., Paser, gobernador de Tebas, descubrió que habían sido violadas algunas tumbas de la necrópolis real y parecía que el hecho no era extraño al superintendente de la necrópolis, Pahure. El proceso terminó con la absolución del culpable y el saqueo de tumbas continuó imperturbable» (CIMMINO, 1991:291). Otros papiros, por ejemplo el Mayer A y B, el Papiro Abbot y el Papiro Amherst, refieren también numerosos casos de procesos a presuntos ladrones de tumbas. Así sabemos que las bandas de delincuentes eran numerosas y bien organizadas y que el personal de la necrópolis real no era ajeno y muchas veces participaba de forma directa de los hechos.

El albañil Amón-pa-nefer y un bando de ladrones habían saqueado la tumba de Sebek-em-saf, uno de los príncipes vasallos de Tebas antes de la expulsión definitiva de los hicsos por Amosis (ALDRED, 1993). Siendo detenido aquél y obligado a confesar el delito, declaró como fue que lograron entrar, los tesoros que encontraron y la forma en que lo repartieron.

«Después de despojar a las momias del faraón y de su reina del oro, la plata y las piedras preciosas, los ladrones pusieron fuego a los ataúdes. [...]. El total de oro de la tumba subía a cerca de 40 libras de doce onzas, y a cada ladrón le tocaron cinco libras, lo que no era poco para un campesino» (WILSON, 1985:406). Posteriormente, Amón-pa-nefer es detenido en Tebas y encarcelado, recurriendo al soborno del Escriba del Distrito del puerto de Tebas con su parte del botín.

«Y, lo mismo que otros ladrones que andaban conmigo, continuamos hasta hoy la práctica de robar las tumbas de los nobles y de las personas de la comarca enterradas en el Oeste de Tebas. Y muchos hombres de la comarca también roban» (WILSON, 1985:407).

La lista de ladrones de tumbas reales recogida por un papiro redactado en el año 17 del reinado de Ramsés IX, contiene individuos relacionados con el robo de metales cuyas profesiones son variadísimas, no figurando sin embargo los más encumbrados ideólogos de tan lamentables hechos. Los escribas, mercaderes, barqueros, guardianes del templo y esclavos de altas personalidades, mencionados en la lista, no reservaban para sí los ingredientes más estimados del botín. Todos ellos aparecen asociados, por ejemplo, a pequeñas cantidades de bronce (DONADONI et.al, 1991).

Este asunto, que varios especialistas catalogan como el “éxodo de las momias”, debe haber causado profunda aflicción a los egipcios, dado el vergonzoso destino de las momias de sus reyes-dioses y la violación de la arraigada creencia de que para la supervivencia y la felicidad en el más allá era indispensable la absoluta paz en la cámara mortuoria.

«...es la historia lamentable de altos funcionarios que eludían sus deberes porque con ello obtenían provechos personales. Era un cínico repudio del contenido del ma’at y la conservación de su forma en cuanto podía servir para dar solemnidad a los documentos. Los pobres hombres insignificantes que fueron amenazados, golpeados y torturados por los magistrados investigadores, sirvieron de chivo expiatorio a los funcionarios responsables que les interrogaron. Aquí, el espíritu egipcio llegó a su punto más bajo» (WILSON, 1985:407-408).

Hoy día, además de la momia de Tutankhamón, se conserva en su propio sepulcro únicamente la momia de Amenofis II, cuya tumba había dado refugio, como ya vimos, a las momias de monarcas menos afortunados. La mayoría de las restantes momias fueron trasladadas al Museo Egipcio del Cairo (NACK, 1966).

El análisis de las momias reales


Gracias a la relativamente buena conservación de algunas momias reales, a pesar de los muchos traslados que sufrieron desde la antigĂŒedad, se han podido realizar sobre ellas investigaciones bioantropológicas. Las mismas revelaron datos muy interesantes respecto del estado físico, la salud y la causa de la muerte de algunos faraones, mismos que hasta el momento -a través fundamentalmente de la escultura monumental y en bajo relieve- se nos presentaban omnipotentes e imperturbables por el paso del tiempo. Por ejemplo, no se conoce ninguna representación de Ramsés II que refleje con verdadero realismo su aspecto físico al cabo de más de 60 años de reinado, cuando el faraón contaba de 90 a 100 años de edad según indica el estudio de la momia. Este hecho responde a la concepción de que el faraón era hijo del dios Sol y dios el mismo al morir. Por las declaraciones de los saqueadores de tumbas sabemos, además, que los egipcios se referían a las momias de sus faraones como las “divinidades”. El estudio de las momias con técnicas modernas se inicia aproximadamente en 1970, mediante análisis de rayos X y autopsias. Los resultados se pueden resumir básicamente en dos tipos de datos: comparaciones con las condiciones sanitarias actuales y detalles de interés como ser prácticas deshonestas cometidas por los propios momificadores. Los estudios de centenares de momias de museos de Europa y América permitieron conocer la espectativa de vida de los antiguos egipcios que, según parece, siempre fue bastante baja, siendo pocos los que superaban los 35 años. Una enfermedad revelada por el estudio de las momias, al parecer muy común en el Antiguo Egipto y que afecta aún a la población de varios países africanos, es la bilharzia. La misma es producida por gusanos que habitan las aguas del Nilo y que generan con sus larvas hemorragias a las vías urinarias (CASTILLOS, 1989). Dos momias de la dinastía XX presentan, según investigaciones de Arman Ruffer, huevos calcinados de bilharzia «a nivel de los tubos rectos del riñón» (GORLERO BACIGALUPI, 1961:7).
Tenemos conocimiento de algunas prácticas como el uso de pendientes, derivado de la observación detenida de las orejas de las momias reales, el primer caso de lo cual parece haber sido Tutmosis IV (1425-1417 a. de C.). Este hecho indica una excepción ya que únicamente las mujeres utilizaban este ornamento, reduciéndose su empleo dentro de la realeza sólo a los príncipes jóvenes (WILKINSON, 1995). ..

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Los datos que hoy disponemos en relación a las características físicas y sanitarias de varios faraones ejemplifican cuan estereotipadas nos han llegado las representaciones artísticas que de los mismos se poseen, tales como como los grandes bustos monolíticos. Hay autores que han querido ver en algunas de estas obras pétreas ejemplos de mayor realismo, lo cual puede no ser otra cosa que el reflejo de las circunstancias de la época (como ocurre con las representaciones de faraones del primer período intermedio, uno de los momentos oscuros y difíciles de la historia egipcia).

Desde siempre, los egipcios habían utilizado varios soportes (como la estatuaria y las pinturas murales) para representar individuos padecientes de diversas enfermedades, defectos congénitos y malformaciones ocasionadas por problemas dietarios en edad temprana. Existen, por ejemplo, esculturas de enanos desde la V dinastía (BROTHWELL, 1981) y murales funerarios como el de una tumba tebana de la dinastía XIX donde figuran casos del Mal de Pott (tuberculosis), con localización cervical, dorsal y lumbar (GORLERO BACIGALUPI, 1961). El reciente estudio de los propios cuerpos momificados, sin embargo, aporta datos no conocidos antes por otras fuentes contribuyendo, además, a humanizar la imagen que poseíamos de los grandes monarcas.

Las momias habían sido un objeto importante de las investigaciones pioneras de la Egiptología. El primero en aplicar técnicas específicas a las momias egipcias con fines de estudio paleopatológico fue el inglés Sir Flinders Petrie en 1897. Un año más tarde, un australiano, apellidado Clendinnen, identificó un hueso anormal en la mano de una momia. Otro británico, el médico Sir Marc Armand Ruffer, dio el mayor impulso a los estudios histológicos sobre tejidos momificados. De 1910 a 1914, junto con sus colaboradores, describió casos de Schistosomiasis, muerte por tuberculosis (Mal de Pott), neumonía, arteriosclerosis y viruela. Más o menos en la misma época Grafton Elliot Smith, anatomista australiano interesado particularmente en investigar el proceso de momificación en Egipto, logró diagnosticar paleopatologías empleando técnicas innovadoras para su tiempo. Trabajando con material procedente de Egipto y Nubia, él y su equipo, hallaron evidencias de hernias escrotales, lepra, tuberculosis, cálculos a la vesícula, y otras afecciones (ARMELAGOS, 1997).

Las últimas dos décadas de investigaciones han permitido generar imágenes biográficas de varios faraones. Tutmosis III -un gran hombre de estado-, medía 1.62 metros, era de constitución delicada, murió de aproximadamente 70 años, tenía una dentadura impecable y probablemente padeció artritis (DONADONI et.al, 1991). No obstante haber aparecido completamente saqueada la cámara mortuoria del hipogeo de Seti I -padre y predecesor de Ramsés II- su momia se salvó de la destrucción. La cabeza momificada de este monarca es considerada como la más viva y perfectamente perfilada de todas las momias faraónicas (NACK, 1966).

Del análisis de la momia de Amenofis III se deduce que el rey padeció diversas enfermedades. Una referencia histórica menciona, además, el envío desde el reino Mitanni de una figura de la diosa Ishtar con el fin de aliviar las muchas dolencias del faraón (MANZANARES, 1993).

La momia del faraón Siptah, que reinó en la dinastía XIX durante un período de apenas 6 años a partir del 1209 a. de C., reveló la presencia de una deformación de pie conocida como «pie bot varus equino» (GORLERO BACIGALUPI, 1961). La misma es de origen congénito y supone que los pies adquieran una postura anormal con los dedos apuntando hacia adentro, pero «no se trata de una forma frustrada de pie zambo, ya que la posición de los huesos tarsales es completamente normal» (HUFFSTADT, 1981:143). Más datos sobre este tipo de malformación pueden consultarse en ORTNER y PUTSCHAR (1981), de los que se desprende entre otras cosas que el susodicho faraón pudo sufrir en consecuencia una cierta malformación de su columna vertebral.

Evidentemente, la infame suerte que corrieron por miles de años de saqueo y destrozos las tumbas reales de la necrópolis de Tebas, nos ha dejado más bien fragmentos que momias enteras, lo cual sin duda representa una dificultad para los especialistas. Un claro ejemplo de la pérdida de valiosa información que ello supuso lo encontramos en las propias narraciones de Belzoni de comienzos del siglo XIX, quien al desplazarse por el interior de los sepulcros hacía añicos los cuerpos momificados por efecto de su propio peso.

Aún hoy continuan apareciendo evidencias de la enorme destrucción sufrida por las momias reales. En 1988, el Dr. Kent Weeks, un egiptólogo de la universidad norteamericana de El Cairo decidió explorar por última vez la Tumba N°5. Tras siete años de trabajos logró uno de los mayores descubrimientos arqueológicos realizados hasta el momento en Egipto. La tumba resultó ser un verdadero mausoleo que contiene por lo menos 62 cámaras, siendo la más grande y compleja que se halla encontrado en el Valle de los Reyes. Los arqueólogos creen que se trata de una cripta familiar construida por Ramsés II. La tumba no posee, ni siquiera a escala parecida, la misma cantidad y riqueza de objetos materiales que la tumba de Tutankhamón, pero en cuanto a la información arqueológica que contiene es de un enorme valor. Abundan los relieves, las inscripciones, los restos de artefactos (cuentas, fragmentos de vasos y jarrones) y las partes anatómicas momificadas. Se ha logrado determinar que en la tumba, ubicada a unos 40 metros de la del propio Ramsés II, fueron enterrados al menos cinco hijos de la numerosa prole que tuvo el faraón. Weeks piensa que los entierros tenían lugar en el nivel inferior, todavía no explorado cuando se publicaba hace 3 años el artículo que aquí citamos.

«Las cámaras descubiertas ... estaban llenas de fragmentos de sarcófagos de piedra, piezas anatómicas momificadas (que podrían haber sido abandonadas allí por profanadores de tumbas del mundo antiguo) y hasta huesos de ofrendas alimenticias» (EL PAIS, 1995: del TIME NEWSWEEK).

En 1820 y en 1910 James Burton y el propio Howard Carter respectivamente, conocieron la tumba pero no extendieron sus investigaciones en ella considerando el hallazgo de poca importancia, probablemente debido a la apariencia de mala conservación de los restos y al hecho de que el espacio estaba parcialmente relleno de escombros.

La enorme cantidad de factores que afectaron la integridad de las momias luego de su depositación original han ocasionado grandes dificultades al momento de identificar ciertas patologías congénitas como, por ejemplo, la ausencia de uno o más miembros (ORTNER y PUTSCHAR, 1981.)

A modo de reflexión final


Sin duda los egipcios construyeron buena parte de sus obras más duraderas imbuidos de una profunda religiosidad. Ésta no debe confundirse o limitarse tan solo con un culto a la muerte, donde las creencias de mayor peso son las relacionadas con el Mas Allá, sino precisamente lo contrario. A medida que nos adentramos en el estudio de la cultura egipcia se hace cada vez más evidente que fue un pueblo que manifestó un gran amor por la vida terrenal y supo disfrutar de los placeres de la vida, al punto que consideraban indispensable pertrechar al difunto con todos los implementos que habían hecho posible su existencia en este mundo, y salvaguardar la integridad de su cuerpo físico mediante de la momificación, sin lo cual el ka se vería condenado a vagar por la eternidad lejos de su amo. La literatura egipcia, en sus varios géneros, transmite también esta idea. ..

Los monumentos funerarios, los artículos relacionados con el culto de los muertos, los propios cuerpos embalsamados, la literatura funeraria (en sus varios soportes), aparecen sobre representados en el registro histórico y arqueológico del Antiguo Egipto. Este fenómeno se debe especialmente a las particulares condiciones de conservación del medio natural egipcio. A ello se agrega una religiosidad profundamente imbricada con el arte y la vida material en su conjunto (WILKINSON, 1995).

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Las imágenes dominaban por encima de los conceptos el mundo creado y conocido por los egipcios. No era la lógica sino la percepción dominada por imágenes el principio básico que sustentaba su visión mítica del mundo. Al igual que el sol se pone por occidente para reiniciar el viaje a la mañana siguiente, los muertos eran enterrados en la orilla occidental del Nilo mirando al este (en especial durante el Imperio Nuevo) para que pudieran lograr a su vez una nueva vida (LURKER, 1991).

Una enseñanza que nos dejan los estudiosos de otras culturas y otras épocas es que no podemos aplicar las normas de nuestro tiempo y nuestro contexto cultural a épocas y culturas diferentes. Hemos intentado desarrollar un tema clásico de la Egiptología de manera diferente, sin poder indudablemente desligarnos de las fundamentaciones religiosas que sustentaron la elección y prosperidad del Valle como necrópolis real. Creemos que, acercando detalles vinculados con la vida y condiciones de trabajo de los obreros de Deir el Medina, el saqueo de las tumbas, al análisis- aunque superficial- de las pinturas funerarias, y el estudio revelador de las momias, nos aproximamos a una forma más humana y transcultural de entender las vivencias del pueblo egipcio. Ello respetando al mismo tiempo la personalidad de una de las culturas más antiguas y creativas de la Historia civilizada de la Humanidad, cultura a la que el mundo occidental en particular debe mucho de su saber, heredado a través de griegos y romanos.

Sirva este breve ensayo, asimismo, para despertar el interés y llamar la atención sobre el cuidado del patrimonio histórico y cultural, al que nos debemos todos.

Notas Aclaratorias


Nota 1: acerca del efecto de las condiciones climáticas - es muy probable, sin embargo, que la propia sequedad del ambiente egipcio haya tenido mayor peso que las técnicas de momificación en la conservación de los cuerpos. Si bien las circunstancias varían de acuerdo a la forma de depositación del cadáver (si fue dejado en superficie o enterrado y a qué profundidad fue enterrado), los suelos secos mejor que ningún otro detendrán de forma considerable la descomposición. Existen ejemplos de hallazgos arqueológicos en Egipto (datados en el 4.000 a 3.000 a. de C.) donde los cuerpos se hallaban en excelente estado de conservación a pesar de no haber sido eviscerados. ( Nota: acerca de los nombres reales - existieron varias formas básicas para referirse a un monarca en el Antiguo Egipto: a) el nombre de trono que era el título principal otorgado con la coronación, por ejemplo Nebjeperra; b) el nombre de nacimiento , manejado por la mayoría de los investigadores modernos, en este caso Tutankhamón. Este último presentaba variaciones idiomáticas, habiendo autores que prefieren la forma egipcia (ej. Amenhotep) y otros la griega (ej. Amenofis). Para este ensayo hemos optado por la que nos resulta más familiar, o sea la griega, respetando no obstante la elección del autor al momento de citar textualmente. Los faraones tenían asimismo otros nombres. ( Nota: aclaración a las cronologías empleadas - los historiadores modernos han adoptado la subdivisión de Manetón (sacerdote egipcio contemporáneo a los dos primeros ptolomeos) que recoge las listas reales desde la época tanita hasta Alejandro Magno. Sin embargo, encontramos que los investigadores manejan fechas absolutas diferentes para los mismos períodos o gobiernos, por lo que decidimos adoptar la cronología empleada por uno de los autores consultados (César Vidal Manzanares, en su obra de 1993). El mismo ubica el inicio de la dinastía XVIII -de especial importancia para el tema que nos ocupa- en el 1570 a.de C.

Nota 2: trabajos recientes en el Valle de las Reinas — En 1986, la Organización de AntigĂŒedades Egipcias (EAO) y el Instituto Getty de Conservación, con sede en Santa Mónica (Estado de California, EEUU) abordaron un costoso proyecto para restaurar la tumba de la reina Nefertari, quien fue en su tiempo la esposa favorita del faraón Ramsés II. La misma había sido profanada ya en la antigĂŒedad y sus murales -un magnífico ejemplo de la pintura funeraria durante el Imperio Nuevo- estaban muy deteriorados, especialmente debido a una inundación que afectó el recinto entre los años 100 a. de .C. y 100 d. de .C. y a la humedad generada por los visitantes (por lo que las autoridades egipcias habían cerrado al público el acceso a la misma desde 1940). El trabajo de restauración fue dirigido por el español Miguel Ángel Corzo, del Intituto Getty, junto a un equipo de restauradores italianos y egipcios. El proceso de restauración duró cuatro años, de 1988 a 1992. No se permitió retocar ni un centímetro de la pintura original. El propósito fue preservar en lugar de mejorar. Las zonas donde había desaparecido la pintura y el estuco fueron dejadas al descubierto. El equipo de expertos pudo asimismo rescatar evidencias acerca de las técnicas empleadas por los artistas egipcios de hace 3000 años (EL PAÍS, 1992: de TIME).

Nota 3: acerca de los oficios en la Ciudad de los Muertos - En el poblado se agrupaban todos los oficios que guardaban alguna relación, directa o indirecta, con el culto a los muertos. En este sentido, los especialistas de mayor prestigio, dada la importancia de su buen desempeño, eran los embalsamadores, cuyo cargo era hereditario. Se dividían al parecer en dos categorías: los incisidores encargados de abrir el cuerpo y retirar las vísceras, y los saladores ocupados de lo relacionado con la conservación del cadáver. La población parece no haber estimado la profesión, cuya práctica debe haber resultado una faena desagradable para el egipcio común. Sin embargo, su función estaba amparada y cuando trabajaba con cadáveres eran investidos de una misión que los elevaba al rango de dioses, al punto de que, en torno de los embalsamadores se movían numerosos sacerdotes y subordinados (THOMAS, 1989).

Nota 4: acerca de la tumba de Tutankhamón: el egiptólogo Juan José Castillos nos cuenta al respecto la experiencia vivida en su viaje a Egipto en 1979, «el sepulcro de Tutankhamón causa sorpresa en la mayoría de los visitantes por sus reducidas dimensiones y relativamente pobre decoración pero ello está perfectamente de acuerdo con la insignificancia de este monarca de quien se ha manifestado con certera ironía que los hechos más importantes de su reinado fueron que murió y fue enterrado. [...] Un ataúd de oro conteniendo la momia de este rey es el único objeto real de interés que permanece todavía aquí...» (CASTILLOS, 1989:24).


Bibliografía


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