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ESTUDIO DEL ANTIGUO EGIPTO EN CHILE













ARQUEOLOGÍA DE LAS CIUDADES PERDIDAS, EGIPTO

CURCIO, A. [Editor] (1992) Arqueología de las Ciudades Perdidas. Egipto, volumen 3, Salvat Editores, Barcelona, páginas 1-84. [ISBN: 84-345-5554-9].

Palabras clave: Arqueología, ciudad, Egipto y Mesopotamia. Key words: Archaeology, city, Egypt and Mesopotamia.

El ser humano ha ocupado y dominado el territorio a lo largo de su propia historia gracias a la fundación de enclaves urbanos de diferente tipología y complejidad. Estas ciudades no sólo se han configurado como lugares idóneos para vivir, sino que también han constituido verdaderos sistemas donde se han creado diferentes economías, culturas, religiones, etcétera. De este modo, la obra Arqueología de las Ciudades Perdidas, en su tercer volumen, narra las características de seis ciudades emblemáticas del Antiguo Egipto, aunque comienza planteando una comparativa en el surgimiento y principales rasgos de las ciudades del Próximo Oriente, fundamentalmente entre las ciudades mesopotámicas y egipcias.

La obra completa consta de 30 volúmenes, aunque es el número tres el que centra la atención en los sistemas urbanos del Antiguo Egipto. Éste ha sido redactado por un equipo de investigadores italianos, utilizando para ello un lenguaje de elevado nivel, puesto que su carácter es científico y no divulgativo. El tipo de contenido es urbanismo histórico, aunque entre los capítulos dedicados a las diferentes ciudades se aportan breves apuntes sobre diversos aspectos de la cultura y la religión del Antiguo Egipto, elementos que complementan y dinamizan el contenido del libro.

El desarrollo de los textos está perfectamente apoyado por un conjunto de imágenes y planos de ciudades y espacios cultuales, elementos de gran interés en el seno de una obra de esta categoría, aunque se echa en falta un epígrafe final que aglutine la bibliografía utilizada en la redacción de la obra y citada a lo largo de la misma.

A continuación citaremos las líneas más relevantes desarrolladas en cada capítulo.

El primero es dedicado al nacimiento urbano en el Próximo Oriente, realizándose una comparación entre las ciudades de Mesopotamia y Egipto, surgiendo el concepto de ciudad-palacio. En las culturas del Próximo Oriente es frecuente una morfología circular de los centros urbanos, con la sede del poder real en el área central de la ciudad, probablemente resultado de la concepción de la urbe como un microcosmos.

La tradición mesopotámica más antigua de la cultura sumeria establecía, aproximadamente en torno al 2000 a. de C., que la ciudad constituía una creación de origen divino, precedente a la creación de la propia humanidad. La ciudad era la expresión de la civilización, la sede de las grandes divinidades y la forma del orden cósmico. En el seno del pensamiento mitopoyético sumerio, las condiciones más idóneas para la fundación de una ciudad eran la abundancia de la producción agrícola y la riqueza de las aguas. Será en los últimos siglos del IV milenio a. de C. cuando surjan las formas urbanas primarias en Mesopotamia meridional debido a procesos de desarrollo económico, de concentración de territorios y de evolución social. Estas sociedades urbanas se caracterizaron por un continuo crecimiento demográfico, por la especialización en la producción de los alimentos y por la necesidad de importar materias primas procedentes del exterior. Además, el entorno natural se modificó sensiblemente. Debido a la centralización de las funciones administrativas, judiciales y militares, realizada por la organización palatina, y con la multiplicación de los espacios de culto, la estructura original, social y urbanística unitaria de la ciudad protohistórica tiende a asumir, en la segunda mitad del III milenio a. de C., una forma articulada con un centro monumental palatino -sede del poder secular-, una diversificación de lugares de culto de distinta importancia monumental y una estructura residencial de unidades domésticas, generalmente homogénea, que se reproducirá como modelo de las nuevas fundaciones urbanas del área mesopotámica y fuera de ella.

En Egipto, dadas las antiguas tradiciones teológicas, las ciudades constituyen elementos emanados de las divinidades durante el tiempo de la creación primordial, el inicio de todo lo conocido. La sociedad urbana surge en el país del Nilo alrededor del año 3000 a. de C. Los asentamientos se situaban en las zonas no desérticas del valle aluvial del Nilo, mientras que las necrópolis se localizaban en la adyacente tierra árida arenosa. Mientras que en Mesopotamia el proceso urbano se realizó en el marco de la fragmentación política y de la diferenciación de actuación, siendo una zona ecológicamente homogénea, en Egipto se realizó bajo la centralización política y la realización uniforme en dos regiones, el Norte y el Sur del valle del Nilo, diferentes ecológicamente .

El segundo capítulo hace referencia a la ciudad de Menfis, fundada según la tradición en los inicios del III milenio a. de C. Esta urbe tuvo una gran relevancia territorial dada su localización geográfica: situada en la margen izquierda del Nilo, a unos tres kilómetros de la orilla y a 25 kilómetros de El Cairo, dominando el valle del río y su delta. Fue fundada por el primer soberano de la dinastía I (2950-2770 a. de C.), Menes, actualmente identificado como el faraón histórico Horus Aha. Durante el Imperio Nuevo no ostentó el rango de capital, sustituida por Tebas, en el Alto Egipto. Empero, Menfis continuó siendo un centro de gran importancia, la segunda ciudad del país. En el transcurso de este capítulo hay un epígrafe donde se comenta la cronología del Antiguo Egipto, desde el Imperio Antiguo (dinastías I-VI; 2950-2200 a. de C.) hasta el año 30 a. de C., en el que Egipto se transforma en provincia romana. Al término del capítulo dedicado a la ciudad menfita, aparece un epígrafe dedicado a las antiguas deidades egipcias. El tercer capítulo desarrolla la ciudad de Ábidos, el dominio de Osiris, pues éste constituía el gran dios de este enclave. Esta divinidad se vinculaba con la eternidad y la satisfacción de la totalidad de los deseos y necesidades, materiales y espirituales, de los difuntos. Osiris garantiza la repetición cíclica y regular de todo acontecimiento; es, por tanto, la vida misma en su continuidad perennemente renovada. Uno de los acontecimientos religiosos más importantes de esta ciudad era la celebración de los misterios de Osiris, que representaban la muerte y la resurrección de la deidad. La ciudad se situaba en el Desierto Occidental, a 530 kilómetros al sur de El Cairo, en el Alto Egipto, concretamente en la provincia de Sohag. La elección del desierto como lugar de enterramiento está determinada, además de por motivos culturales, por la necesidad de no restar tierra fértil a la ya escasa superficie cultivable. Al término de este capítulo aparece un epígrafe dedicado a la vida cotidiana de los egipcios, comentándose aspectos relacionados con los hombres y las mujeres, los sacerdotes, las fiestas, la dieta, el canto, el horóscopo, la medicina y los sacrificios.

El cuarto capítulo aborda la ciudad de Avaris, capital de los hicsos durante la dinastía XV. Éstos eran asiáticos que primero se infiltraron y después invadieron violentamente la región nororiental del delta del Nilo, fundando allí un estado constituido principalmente con la población indígena, que con el tiempo se extendió hasta controlar una buena parte de Egipto. Los hicsos eran portadores de una cultura de tipo sirio-palestina, extraña a la egipcia, aunque mostraron gran interés por la civilización del país. En cuanto a la administración de Egipto, ésta se confió a funcionarios que en numerosas ocasiones eran de origen egipcio. Avaris fue ocupada hacia 1720 a. de C. y la dominación de los hicsos se prolongó hasta 1567 a. de C., cuando la ciudad fue reconquistada por los reyes tebanos. Con el transcurso del tiempo, Avaris se fue convirtiendo en un enclave urbano semejante a los centros sirio-palestinos contemporáneos, como Alalakh, Ebla, Ugarit, Hazor y Megiddo.

El quinto capítulo está dedicado a la urbe de Tanis, ciudad que, según Herodoto, fue residencia y lugar de enterramiento de los faraones de las dinastías XXI y XXII. La dilatada supervivencia de los santuarios de Tanis es fiel reflejo de la buena fortuna del culto de la tríada tebana (Amón-Mut-Khonsu). La sepultura de Psusennes apareció inviolada: el segundo caso en la historia de la Egiptología después del hallazgo de la tumba de Tutankhamón, también prácticamente intacta. En el transcurso de este capítulo hay un interesante epígrafe dedicado a los números utilizados por los egipcios, que nos aproxima a su sistema de numeración y cálculo.

El sexto capítulo desarrolla el caso de la ciudad de Tebas, donde está situado el gran santuario en honor al dios Amón, parte del inmenso conjunto templario que actualmente conocemos con la denominación de Karnak. Tebas era la ciudad por excelencia, la capital del imperio fundado por los grandes faraones-guerreros de la dinastía XVIII, quienes extendieron el dominio egipcio a Nubia y a las tierras asiáticas. Las divinidades que protegían y dominaban la ciudad eran las que componían la tríada formada por el rey de los dioses, Amón, por su esposa Mut y su hijo Khonsu. Tebas se compone de dos sectores bien diferenciados: la ciudad de los vivos, en la orilla oriental del Nilo, y el reino de los muertos, en la occidental. A cuatro kilómetros al norte de Tebas aparece el gran complejo religioso de Karnak, que también se encontraba bajo la protección del dios supremo Amón, pero no era de su exclusiva pertenencia. Luxor y Karnak estaban enlazados por medio de una espléndida avenida sagrada, pavimentada y situada por encima del nivel que normalmente alcanzaban las aguas del Nilo durante el período de inundación.

El valle de Deir el-Medina está compuesto por numerosas tumbas de todas las épocas, pero es especialmente conocido por haber sido emplazamiento de un poblado habitado por los trabajadores empleados en las necrópolis reales, que prestaban su colaboración para construir y decorar las tumbas de los faraones excavadas en las pendientes rocosas del valle de los Reyes, detrás de la montaña de Deir el-Bahari. Al sur de Deir el-Medina existe una garganta que fue elegida por las reinas de las dinastías XIX y XX para su eterno reposo. Con las esposas e hijas de los soberanos reposan los príncipes reales muertos a temprana edad. Una de las tumbas más significativas del valle de los Reyes, debido al interés que despertó su descubrimiento y ajuar funerario, fue la del joven faraón Tutankhamón, descubierta por Howard Carter en el año 1922. Precisamente, en el interior de este capítulo se dedica un epígrafe a los contenidos del sarcófago de este faraón, basado en la obra The World of the Archeology de C. W. Ceram.

El último capítulo de la obra está dedicado a la ciudad de Tell el-Amarna, la Akhetatón de Akhenatón. La denominación "Amarna" también es utilizada para designar un período de la historia del Antiguo Egipto y del Próximo Oriente. Amenofis IV, que prefirió llamarse Akhenatón, abogó por la concentración de la totalidad de las funciones del gobierno y la administración en la persona del soberano y de los funcionarios centrales, sus más estrechos colaboradores. El faraón se erigiría como el único mediador entre el mundo divino y el humano, lo que constituyó el regreso a la concepción teocrática del faraón de los tiempos del Imperio Antiguo: el dios-sacerdote que garantiza la ley y el orden y al mismo tiempo escucha y, por esta misma razón, accede a las súplicas. El dios reinante y único es Atón, creador y sustentador de todas las cosas y de todos los seres, señor del mundo de los vivos y de los muertos.

Sucesivas asimilaciones entre Amón y Re ("Amón-Re", rey de los dioses: el principal centro de culto fue el gran templo de Karnak en Tebas) y Atum engendraron una figura de dios solar y creador al mismo tiempo, cada vez más importante en el transcurso de la dinastía XVIII. Los demás dioses aparecen subordinados a él, incluso terminan por representar aspectos de la divinidad misma. La idea de la divinidad impuesta por Akhenatón era definitivamente exclusiva y monoteísta: Atón fue la única deidad admitida; se mandó clausurar los templos de los demás dioses, y confiscar sus propiedades en beneficio del Atón y su sacerdote; el nombre Amón fue borrado incluso cuando aparecía como simple jeroglífico. La pareja formada por Tutankhatón y Ankhesenpaatón, hija de Akhenatón, pronto cambió sus nombres por los de Tutankhamón y Ankhesenamón, mostrando así la voluntad de volver a la religión de Amón. Al término de este capítulo, los autores dedican un epígrafe al tema de la poesía de carácter amoroso del Antiguo Egipto.

En conclusión, esta obra nos transmite, en su conjunto, la importancia que posee la investigación arqueológica de las ciudades en el estudio de la cultura, la religión y el modo de vida de los antiguos egipcios. También nos informa de las principales vicisitudes que han acontecido a lo largo del tiempo, transformándose las actuales ruinas de enclaves urbanos en auténticos elementos dotados de historia viva.

Para profundizar en el conocimiento geográfico del valle del Nilo se puede consultar el siguiente artículo: BOLAÑOS GONZÁLEZ, J. I. (2003) "El valle del Nilo: de la geografía al mito", Cuadernos Geográficos de la Universidad de Granada, 33, páginas 75-103 [ISSN: 0210-5462]; cuya edición revisada y completada está disponible en el portal web de "Amigos de la Egiptología" (AE):

http://www.egiptologia.com/geografia/valle_nilo/valle_nilo.htm