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ESTUDIO DEL ANTIGUO EGIPTO EN CHILE













CÓMO LEER EL "LIBRO DE LOS MUERTOS"

KEMP, B. J. (2007), Crítica, Barcelona, 157 páginas. [ISBN: 978-84-8432-961-9].

José Iván Bolaños González.
Licenciado en Geografía por la Universidad de La Laguna.
jibglalaguna@gmail.com

Palabras clave: Antiguo Egipto, religión, Libro de los Muertos, Más Allá.
Key words: Ancient Egypt, religion, The Book of the Dead, The Other World.

El Libro de los muertos, o Libro para salir al día como lo llamaban los antiguos egipcios, constituye unas de las obras más relevantes de la religión y la literatura del Antiguo Egipto. Este libro ha sido redactado por Barry J. Kemp, Catedrático de Egiptología de la Universidad de Cambridge. Durante muchos años ha dirigido excavaciones e investigaciones en Tell el-Amarna. Ha publicado El antiguo Egipto: anatomía de una civilización (1998) y Cien jeroglíficos. Introducción al mundo del Antiguo Egipto (2006), ambos a través de la editorial Crítica.

La obra está formada, además de los apartados iniciales aclaratorios, por una introducción y diez grandes capítulos en los que se analizan e interpretan numerosos fragmentos extraídos de conjuros del Libro de los muertos. Cada uno de esos capítulos concentra conjuros referidos a una misma temática como posteriormente se expondrá en la síntesis de cada capítulo.

El contenido propiamente dicho del libro es complementado y enriquecido por la inclusión de un apartado final de notas, y una breve cronología comprendida entre c. 3150 a. C., fecha de los primeros jeroglíficos conservados en unas pequeñas tablillas de la tumba de un rey enterrado en Abido (tumba U-j), y el año 1842, en el que Carl Richard Lepsius publica el primer estudio magno del Libro de los muertos, comenzando la práctica de numerar los conjuros (o capítulos) y hace circular entre el público general el título con el que lo conocemos actualmente. Además, se recoge un apartado de sugerencias bibliográficas sobre diferentes aspectos del Antiguo Egipto y un índice alfabético de términos.

En la introducción el autor nos aclara que los conceptos de “Otro Mundo”, “Más Allá” o “Ultratumba” son con los que cabe traducir el término Duat, que los egipcios utilizaban para hacer referencia a la vida después de la muerte. En esta línea, el Libro de los muertos constituía una colección de “conjuros” que preparaba a los egipcios para esa vida posterior y que se creía tenía el poder de invocar a todas las partes del propio cuerpo para el viaje espiritual. Parece ser que los egipcios comprendían el mundo de sus fuerzas espirituales como una serie de fragmentos. En su mente no era necesario unificar los fragmentos hasta fundirlos en un esquema teológico único. El Libro de los muertos fue reproducido en múltiples ocasiones, generándose multitud de copias, siendo la mayoría propiedad de los varones y, por otro lado, no cabe duda de que los textos se escribieron con tal idea en perspectiva. Según el autor, la colección de conjuros que se convirtió finalmente en el Libro de los muertos comenzó a adquirir forma no mucho antes del principio del Reino Nuevo (c. 1550 a. C.). La primera traducción completa del Libro, publicada en alemán en 1842, fue la de Carl Richard Lepsius, denominándola como El libro egipcio de los muertos, aunque los propios egipcios lo llamaban Libro para salir al día. El espacio de la Ultratumba era, en parte, el que recorría el Sol en su viaje diario a través del cielo, pero también el de la noche, cuando completaba el trayecto viajando, sin que se lo viera, a través de un peligroso reino imaginario, tras cuyo paso estaba listo para alzarse de nuevo por el horizonte oriental. Occidente era la morada específica de los muertos. El Libro ayudó a dar forma a la mentalidad de muchos egipcios, por lo que es una fuente importante a la hora de comprender sus pensamientos tal y como cita Barry J. Kemp.

El primer capítulo recoge la transición “entre dos mundos”. Durante la vida, las fuerzas sobrenaturales se manifestaban a través de la desgracia y la enfermedad y, tras la muerte, los egipcios debían encararse con esas mismas fuerzas para toda la eternidad. El miedo hacia esas fuerzas, con frecuencia malignas, dio origen a una larga tradición de textos protectores, creados y editados como defensa. Según Kemp, es probable que muchas misceláneas de “conjuros” circularan regularmente: se las compraba, heredaba, entregaba como regalo o transportaba de una urbe a otra. El Libro de los muertos cumplía una necesidad antigua, puesto que muchos de sus conjuros aparecían ya, en versiones anteriores, inscritos en el interior de los sarcófagos de madera, algunos de los cuales se remontan hasta la fecha aproximada de 2100 a. C. según el autor, dando lugar a los denominados Textos de los Sarcófagos. En el caso de los reyes —o faraones— no estaban por encima de los poderes sobrenaturales. Antes aún de los Textos de los Sarcófagos, las cámaras funerarias de las pirámides más tardías (a partir de la del rey Unas, c. 2345 a. C.) incluyeron textos jeroglíficos (los denominados Textos de las Pirámides), que situaban a los faraones con la misma función de víctima potencial, pero posteriormente vencedores últimos frente a las fuerzas sobrenaturales; es una función ampliada en el Libro de los muertos. El Libro no se atribuía a ningún autor concreto ni los conjuros llevaban firma o nombre propio. Tampoco se los consideraba revelaciones de dioses o espíritus. El Libro es anónimo y, por lo general, evita recoger indicios relativos a su lugar o fecha de composición. El concepto de los nombres constituía una cuestión de primer orden para los egipcios, el nombre de cualquier cosa es una de sus propiedades esenciales; eran conscientes que los seres imaginarios necesitan recibir un nombre para existir, y, por ende, eran asimismo conscientes de que, en este aspecto, el ser humano tenía el control. Lo mismo cabe afirmar de todos los seres que existían en el Otro Mundo. El que conociera sus nombres podía sentir, en cierta medida, que se hallaban sometidos a su servicio, indica Kemp. El autor nos señala que es posible pensar que los egipcios intentaban calmar sus miedos leyendo repetitivamente los pasajes del Libro.

El segundo capítulo hace referencia “al papel de los mitos”. Así, el Libro alude constantemente a tres mitos que forman la base de la creencia religiosa egipcia. Estos mitos, apunta el autor, se erigieron en torno a tres deidades fundacionales: Osiris, Atum y Re. El primero proporcionaba autenticidad histórica a la creencia en la continuidad personal, tanto en el sentido de herencia legítima (de padre a hijo) como más allá de la muerte (en la vida de ultratumba). El segundo narraba cómo fue creado el universo material a partir de la nada por una fuerza creadora ulterior, visualizada como el dios Atum, cuyo nombre significaba “completitud”. El tercero describía la fuente de la energía o la fuerza vital del Universo, en la figura del dios solar Re.

El tercer capítulo de la obra describe los “paisajes de la Ultratumba”. Respecto a la localización de aquel que vivía como espíritu después de la muerte, los egipcios contemplaban dos opciones: una local, ubicada en el mundo real, y otra ubicada en el reino de lo imaginario. Las dos ubicaciones coexistían. En la primera, las almas de los difuntos permanecían cerca de la tumba, si no dentro de ella, auque por la noche podían aventurarse a salir y causar daños en las residencias de los vivos (sobre todo, a los niños más pequeños). La segunda localización de los muertos era la Duat ya mencionada, un mundo peligroso y complejo a través el cual navegaban los espíritus. El Otro Mundo acogía el reino de Osiris, donde se juzgaba a los difuntos y donde, si eran declarados inocentes de acciones malvadas, podrían residir para toda la eternidad. Aunque los egipcios creían que la Duat ocupaba un espacio real, no existe en el Libro ningún mapa general del Otro Mundo. En realidad, según Kemp es difícil saber hasta qué punto cartografiaban los egipcios su propio medio, por lo que se caracterizaban por un modo de pensar precartográfico. El paisaje se reduce a unas imágenes tópicas y escasas, suficientes para crear el medio adecuado, no más. El desierto, que albergaba muchos de los cementerios, estaba asociado con la muerte y el peligro. Los rasgos más distintivos del paisaje del Otro Mundo son las cavernas y los montículos, que recuerdan al propio Nilo. El viaje por el mundo de la ultratumba, con todas sus dificultades, es uno de los temas dominantes del Libro, y parece que ese viaje no tenía un final; la eternidad es movimiento, un camino de una prueba a otra. La experiencia de la vida después de la muerte era una lucha continua y apurada, y el Libro de los muertos sirve para proteger de tales riesgos a los espíritus de los difuntos. Barry J. Kemp finaliza este capítulo indicando que la concepción egipcia, por su carencia de certidumbres y la ausencia de dogmatismos, se aproxima bastante a una forma temprana de relativismo.

El cuarto capítulo contiene los “viajes y caminos”. El autor de la obra comienza citando que el Otro Mundo era un lugar de viajes, con múltiples destinos y la necesidad de salvar distintos obstáculos. Un acto particularmente importante para el espíritu de los difuntos pasaba por unirse a la barca celestial, o tomar el mando de la misma, en la cual el dios-Sol Re realizaba sus viajes nocturnos. En esta línea, el transporte naval representaba una tecnología avanzada para los antiguos, y los barcos fueron los objetos más complicados que llegaron a crear. Para los antiguos egipcios, el destino es el Este, lugar del amanecer, que se encuentra al otro lado del río, con respecto a la morada habitual de los muertos, que es el Occidente. En el Libro se alude constantemente al concepto del viaje, pero, aunque no se señala el medio de transporte, cabe pensar que se entendía como trayectos realizados a pie. Son muchos los conjuros que hablan de la apertura de caminos. La residencia normal del alma era la vecindad de la tumba, aunque no se describe el escenario. El término egipcio que designaba al alma o el espíritu era ba, el cual tenía la apariencia de un ave con cabeza humana. Durante la vida de una persona, era como un compañero interior, abierto al diálogo con el propio yo, que actuaba como la voz de la consciencia. Los antiguos egipcios destinaban mucho dinero y esfuerzo a crear sus tumbas y decorarlas. Las cámaras funerarias imitaban la ruta imaginaria que seguía del dios Sol desde el anochecer hasta el alba. Uno de los rasgos más particulares de las tumbas era su puerta. A través de ella, el alma podía emerger y asumir el aspecto que deseara, para más adelante regresar en compañía del cuerpo de su propietario. Para muchos egipcios, la idea de que los espíritus de los difuntos gozaban de existencia propia en sus tumbas era del todo real. Así, escribían cartas dirigidas a parientes ya fallecidos y las depositaban en sus lugares de reposo. Los egipcios también creían que, sobre todo durante la noche, se movía por los asentamientos de los vivos un auténtico ejército de espíritus sin nombres concretos. Estos tenían el poder de sembrar la enfermedad y la mala fortuna y, con frecuencia, se les mencionada en textos mágicos destinados a evitar la mala suerte. Una de las protecciones utilizadas de noche eran figurillas de cobras de porcelana, situadas en las esquinas de los dormitorios, sobre las cuales se pronunciaba fórmulas específicas.

El capítulo quinto contiene algunos conjuros dedicados al “repaso de la propia vida”. El autor cita que el principal obstáculo que debía afrontarse al entrar en el Otro Mundo era un examen de la conducta personal en el transcurso de la vida cuando se somete al juicio de Osiris en su calidad de “Señor de la Equidad (la Verdad, la Justicia)”. Una buena persona evitaba causar daño a los demás, ayudaba a los menos afortunados y realizaba ofrendas regulares a los dioses; para mantener un nivel suficiente de buena conducta en la sociedad egipcia se necesitaba instrucción. En la vida, una mala conducta no se definía necesariamente por la quiebra de una ley en particular, sino por el hecho de causar una ofensa suficiente como para dar origen a una acusación escrita. El proceso del juicio se ilustra en el Libro mediante la imagen de una balanza alta, coronada por la figura de un babuino, que simbolizaba la presencia de Tot, dios de la sabiduría.

El capítulo sexto hace referencia a “la integridad del cuerpo”. Los egipcios sentían pavor ante la decadencia y la corrupción que sufría el cuerpo con posterioridad a la muerte. El poder de las palabras, por sí mismo, era suficiente para garantizar la salud material tras la muerte, unido a la firme declaración del conjuro 154: “no he sufrido daño alguno”. Aun a pesar del optimismo sobre el poder de éste y otros conjuros, ya desde una fecha temprana en la historia el Antiguo Egipto sus habitantes buscaron protección contra los aspectos más graves de la decadencia natural del cuerpo humano después de la muerte, con el proceso de la momificación artificial. Para los egipcios, la sede de la consciencia no estaba en el cerebro, sino en el corazón, que a su modo de ver era la fuerza primordial del cuerpo. El proceso completo de la momificación, muy trabajoso, era un ritual complejo durante el cual los parientes apenados podían mostrar su respeto hacia el difunto. No obstante, para la mayoría de los egipcios era un proceso inasequible. Por ello, la mayoría de los antiguos no habría sido momificada, sino tan solo enterrada con rapidez, quizá tras envolver el cuerpo en unas simples telas, relata Kemp. El Libro de los muertos se concentraba en los peligros que la corrupción podía causar al cuerpo y en las amenazas del mundo espiritual, y hacía caso omiso de otra amenaza para los muertos, la que representaban los ladrones de tumbas, movidos por la codicia. Para el autor, la literatura moderna ha popularizado la idea de que en las tumbas se habían inscrito maldiciones contra los ladrones, pero no es el caso. Las escasas amenazas que se han encontrado en las inscripciones funerarias se refieren a la gente que pudiera entrar en la capilla funeraria en estado de impureza, pues se consideraba que la capilla era tan sagrada como un tempo. La ceremonia de la capilla de la tumba copiaba la ceremonia habitual en los templos, donde los receptores principales eran imágenes de los dioses.

El capítulo séptimo trata la “voz y actuación”. Los conjuros del Libro de los muertos comparten, por su estilo y mitología, muchos elementos con los textos domésticos empleados para aliviar las enfermedades o mantener alejados a los espíritus malignos. La excavación arqueológica de numerosas tumbas demuestra que, cuando llegaba la hora de realizar un entierro, se reunían objetos adecuados para la ocasión, que se colocaban sobre el cuerpo (quizá dentro del envoltorio de la momia), o en torno del difunto, en la cámara funeraria. Algunos contribuirían, con criterio práctico, a la comodidad de la vida de ultratumba; otros ilustraban el simbolismo de la muerte y pertenecían, posiblemente, a la clase de objetos sobre los cuales se debían recitar los conjuros del Libro. Según Barry Kemp, durante el largo período de tiempo en el que se estuvo utilizando el Libro de los muertos se produjo un cambio muy profundo en la concepción de lo que representaba un sepelio adecuado. Durante unos primeros pocos siglos (aproximadamente, la primera mitad del Reino Nuevo) prevaleció aún la antigua tradición de enterrar bienes domésticos con los muertos, desde camas y espejos hasta instrumentos musicales o vasijas cerámicas. A finales del Reino Nuevo, esta costumbre había desaparecido. Ahora, los difuntos solo recibían la compañía de amuletos y otros objetos con poderes específicos de protección de los muertos y potenciación de su bienestar. El Libro de los muertos vino a dictaminar lo que era propio en un entierro.

El capítulo octavo aborda “la adquisición del poder”. Según la creencia egipcia, el pensamiento se originaba en el corazón. Aquí adquiría su forma y su fuerza para ser pronunciada, como serie de palabras, por la boca. La ceremonia de la “apertura de la boca” era esencial en un buen sepelio. Un miembro de un equipo de sacerdotes recitaba un texto ritual especial sobre el cuerpo momificado (y también sobre las estatuas de los difuntos). Luego se tocaba la boca con un cuchillo que, según la costumbre más arraigada, debía ser de hierro. Ello, junto con el nombre de la propia ceremonia, indica que su propósito era abrir de nuevo el canal para el proceso de animación por el cual, en cada persona concreta, a las ideas vocalizadas seguía la actividad. La magia, ya fuera positiva o negativa, se lograba pronunciado unas determinadas fórmulas especiales; con frecuencia, sobre un objeto de apariencia insólita. La magia estaba en el corazón de la medicina egipcia, a veces, para reforzar procedimientos quirúrgicos de no poca racionalidad; además de poderse emplear en contra de las personas. Bajo el punto de vista de Kemp, en la muerte los compañeros no eran sino las deidades del Otro Mundo. Nada indica que esos dioses sean reencarnaciones de otros difuntos, ni siguiera de los amigos o de los familiares. La muerte liberaba a los egipcios del mundo de la obligación servil hacia el poder temporal que afirmaba ser divino. En la Duat de cada uno no había lugar para el rey y sus antecesores. El Libro de los muertos describe un universo personal, en el cual la autoridad última radica en los pensamientos y la voz interior del lector.

El capítulo noveno hace referencia a “convertirse en dios”. Para Barry Kemp la concepción egipcia es muy distante del cristianismo, tanto como pudiera serlo el Islam. Los dioses amenazaban, pero su poder podía ser reclamado por los humanos. Aunque los egipcios creían que podrían ayudarse a sí mismos erigiéndose en dioses, conservaban el miedo al juicio final. En el conjuro 85 el concepto de orden designa la conducta personal justa, maat, contra la cual será pesado el corazón del difunto en el momento del juicio. La condición de dios no otorgaba al individuo la autoridad precisa para actuar en contra del bien social común; no era una licencia para actuar como le viniera en gana. Al contrario, no es sino la equidad la que sostenía a los dioses; maat era su alimento. Proporcionar poder a sus lectores era el objetivo primordial del Libro de los muertos; el medio último para conseguirlo era identificarse con los dioses. Adoptar una identidad divina no era un recurso exclusivo para los difuntos. Era esencial que los dioses retuvieran toda su aura de autoridad, pues, de otro modo, sería absurdo aspirar a identificarse con ellos. A pesar de ellos, el concepto de divinidad era elástico, lo que simplificaba la conversión en dios. Los dioses podían ser tanto figuras comprensibles y amables, a las que uno se aproximaba mediante las estatuas de los santuarios, como conceptualizaciones de un poder trascendental y ubicuo. En la mentalidad egipcia, la divinidad parece extenderse a todo lo que es animado o está con vida. Ciertos animales devinieron sagrados o fueron tenidos por encarnaciones de distintas deidades: el halcón, de Horus; el perro o el chacal, de Upuaut y Anubis; la cobra, de Uadyet; el ibis, de Tot. Para los antiguos egipcios, el dios era remoto y pluriforme, pero, al mismo tiempo, era parte integrante de uno mismo.

El último capítulo recoge algunos conjuros vinculados con los “miedos perpetuos”. Los antiguos egipcios que adquirían una copia del Libro de los muertos podían transformarse en el dios-Sol Re, pero, al hacerlo así, debían encararse también a los enemigos del dios solar, como la gran serpiente Apofis. Este animal ocupa un lugar especialmente señero y parece simbolizar, antes que nada, el caos. Apofis acomete contra el dios Sol mientras éste viaja en su barca solar, por la noche, pasando por los portales que marcan las horas nocturnas. En el Libro también aparecen enemigos en forma humana, que son “aquellos a quienes los dioses detestan”. La justicia del Antiguo Egipto podía dispensar castigos crueles, aunque los detalles no están bien documentados según Kemp. Algunas sentencias implicaban la muerte en la pira, otros, por empalamiento. Uno de los castigos más frecuentes era la pérdida de la nariz y las orejas. No se debe confundir a los enemigos con los que no superaban el examen de Osiris y eran condenados por injustos; a estos les devoraba de inmediato un monstruo que aguardaba para ello, pero no se les sometía a las penalidades eternas del infierno, según amenazaba el cristianismo medieval, por ejemplo. El peligro que representan los dioses parece radicar en su carácter de impredecibles: no se les puede controlar por completo. Ocurría con los dioses igual que con los humanos: todos contenían en sí un potencial de maldad, tanto como de bondad. En la vida y en la muerte, uno debía estar siempre vigilante ante los enemigos de una y otra índole. Los egipcios expresaron algunas de sus esperanzas y miedos en torno de su destino último por mediación de canciones. Quizás el miedo principal no era otro el que el de la incertidumbre. Los antiguos egipcios vivían en un mundo en el que no era necesario que nadie declarara su fe en los dioses o su adhesión a una creencia. Parece ser que éstas eran aceptadas de un modo semejante a como hoy se acepta la ciencia, aunque con una diferencia crucial: el conocimiento que los egipcios creían poseer no era demostrable por la deducción lógica. En el Antiguo Egipto no se había desarrollado una teología: los conceptos, el vocabulario y la pericia argumentativa necesarios para afirmar o negar el mundo espiritual y, con ello, desarrollar un nivel novedoso de fe inquebrantable o de duda absoluta. Por ello, para el autor la perspectiva del Libro de los muertos es variable, se transforma sin cesar, con nerviosismo. Es una expresión de la inquietud y la incertidumbre, tanto como de la fe.

En conclusión, mediante esta obra, cuya lectura recomendamos encarecidamente, Barry J. Kemp describe e interpreta magistralmente las costumbres y creencias religiosas más importantes de los antiguos pobladores de Egipto. Y lo hace a través de una de las obras fundamentales de la religión, el Libro de los muertos, el cual se transformó en una “herramienta” esencial para todo aquel que quisiera superar los diferentes obstáculos que impondría el Más Allá. El autor, con un lenguaje claro y preciso, revela la estrecha relación existente entre seres humanos y divinidades, vínculo también ligado a la realidad territorial del país, la cual tenía a su vez plasmación en la Ultratumba.