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ESTUDIO DEL ANTIGUO EGIPTO EN CHILE













LAS MARAVILLAS DE EGIPTO

KEMP, B. J. (2003), Crítica, Barcelona, 415 páginas.

José Iv án Bolaños González.
Licenciado en Geografía por la Universidad de La Laguna.
jibglalaguna@gmail.com

Palabras clave: Antiguo Egipto, pinturas, templos, estatuas.
Key words: Ancient Egypt, pictures, temples, statues.

Si hay un pintor que ha retratado a través de sus pinceladas y colores el Antiguo Egipto ese es, sin duda, David Roberts. La obra que aquí reseño proporciona una visión ‚Äúdiferente‚ÄĚ del Egipto de los faraones, disfrutándose de todo el esplendor de esta cultura a través de los dibujos del pintor que han llegado hasta nuestros días.

El libro está dividido en dos grandes secciones: una inicial, donde se describe la biografía de David Roberts, y otra posterior, donde se aporta un comentario de las pinturas más significativas de este autor, que proporcionan diferentes estampas del Egipto que fue observado por los ojos de este pintor.

David Roberts nació el 24 de octubre de 1796 en la ciudad de Stockbridge (Escocia). La primera pintura de Roberts fue ‚ÄúLa abadía de Drysburgh‚ÄĚ, la cual fue exhibida en el Instituto Británico en 1824. En este mismo año fundó, junto con otros colegas, la Sociedad de Artistas Británicos, siendo admitido en la Real Academia en 1839. El periplo del pintor a través de Egipto, Nubia y Palestina comenzó el 31 de agosto de 1838, plasmando en un diario sus vivencias en estas tierras. Particularmente le sorprendió a Roberts hallar todavía algunos monumentos casi indemnes, y la majestuosidad de los paisajes que le rodeaban.

Al cabo de más de ciento sesenta años de su viaje a Egipto, debe reconocerse que el trabajo de David Roberts en Egipto, sus dibujos y pinturas de los monumentos más grandiosos del Antiguo Egipto, y otros sobre trajes y costumbres de sus habitantes, forman parte de una tarea ingente, meticulosa y perfecta desde todos los ángulos. La pintura de Roberts puede ser dividida en tres períodos principales tal y como se cita en el libro: El primer período, que abarca hasta 1838, caracterizado por unas composiciones amplias de colorido y diseño, comparable al estilo de los grandes maestros holandeses; el segundo período, después de su viaje por Oriente Próximo, en el que sus colores fueron ya más fríos y m ás agudos sus brochazos; y un último período, donde las pinturas fueron de tonos más oscuros. David Roberts murió el 25 de noviembre de 1864 y, dos años después de su fallecimiento, James Ballantine escribió su biografía bajo el título ‚ÄúLa vida de David Roberts, R. A.‚ÄĚ

En la actualidad, prácticamente la totalidad de sus obras se encuentran en poder de museos escoceses e ingleses. Sus bocetos, croquis, dibujos y acuarelas los vendió su hija Christine, el 13 de mayo de 1865, en mil cuarenta lotes, siendo, por tanto, distribuidos ampliamente entre el público en general, museos y coleccionistas privados.

Como indiqué al comienzo de esta reseña, este libro presenta una segunda parte donde aparecen pinturas alusivas a diferentes paisajes, pirámides, templos y esculturas del Antiguo Egipto, tanto del norte como del sur del país, con su correspondiente comentario. Bien es verdad que la descripción de varias im ágenes referentes al mismo lugar puede resultar, en ocasiones, repetitivo respecto a determinadas ideas, circunstancia que ralentiza la lectura de algunas partes de la obra.

Las pinturas más frecuentes hacen referencia a restos de templos y estatuas colosales, mientras que las menos cuantiosas dibujan escenas de la vida cotidiana del momento que vivió Roberts. Los tonos ocres y de la gama de los amarillos predominan en numerosas pinturas, puesto que eran los colores dominantes en el paisaje que David Roberts observó a través de sus viajes. Además, es curioso observar en algunas pinturas la aparición de signos cristianos, como una cruz, inscritos en una pared y/o en una columna, lo que evidencia la reutilización que ese lugar tuvo por parte del cristianismo.

Si se analiza con detalle las pinturas llamará la atención del lector la meticulosidad con la que David Roberts retrataba la realidad que observaba, plasmando con altas dosis de realismo los detalles de las inscripciones, grabados y símbolos, por ejemplo, los que aparecen frecuentemente en columnas y paramentos. En ocasiones utiliza colores de alta viveza para lograr contrastes que enriquecen las imágenes que el lector disfruta con su observación.

También es frecuente que el pintor incluya en sus retratos la figura humana, habitualmente habitantes del lugar que se encontraban allí donde estaba Roberts, quizás ‚Äúdesconfiados‚ÄĚ ante la observación de un pintor extranjero. Esas figuras humanas sirven al lector de escala comparativa para percatarse, aún más, de la grandiosidad de las estatuas de los faraones y dioses, de los templos y otras construcciones. Resulta impresionante imaginar a través de las pinturas de David Roberts cómo fue el Antiguo Egipto, cómo vivieron sus pobladores y qué tipo de vínculos se establecieron entre el mundo terrenal y el Más Allá. La vida y la muerte están también ‚Äúpintadas‚ÄĚ en los retratos de Roberts: la vida porque los templos, construcciones, estatuas... aún perduran en nuestro días, casi inalterables al transcurso del tiempo, y la muerte, porque sus constructores han desaparecido y permanecen ‚Äúocultos‚ÄĚ en las pir ámides y bajo las arenas del desierto.

Precisamente, la arena del desierto es también un elemento omnipresente en las imágenes del pintor, cuyo desplazamiento debido al viento ha ido ocultando progresivamente algunas construcciones, al mismo tiempo que va descubriendo otras.
El realismo de las im ágenes ‚Äútransporta‚ÄĚ al lector hasta el lugar que está observando, lo embulle en la propia pintura, y eso sólo lo consigue un pintor meticuloso, profesional y amante de su quehacer.

Para concluir, apuntar que la lectura de esta obra resulta muy apropiada para aquellos amantes del Antiguo Egipto que deseen observar el país con otros ojos, con otras miradas, con otras pinceladas si se quiere, para disfrutar de la calidez de las imágenes y del esplendor de una cultura amante de su territorio.